IVES DANILO DÍAZ MENA
Santa Marta no es solo una ciudad: es un susurro de Dios en la brisa del Caribe, una promesa de esperanza entre las montañas y el mar. Hoy, cuando cumple un año más de existencia, no puedo hacer otra cosa que arrodillarme en el corazón y agradecer por haber nacido en esta tierra dos veces santa, donde la historia y la espiritualidad caminan tomadas de la mano.
Estamos a las Puertas de sus 500 años, medio milenio de resistencia, de belleza, de herencia y de cultura. Esta ciudad, la primera fundada en tierra Firme de Nuestro País, fue Cuna de encuentros y desencuentros, de dolor y de gloria. Y aun así, sigue viva, digna, orgullosa. En sus calles, en sus playas, en sus montañas, habita la memoria de nuestros antepasados: de los pueblos indígenas que con sabiduría milenaria cuidaban esta tierra antes de la llegada de los conquistadores, especialmente nuestros hermanos mayores, los pueblos de la Sierra, guardianes del equilibrio natural y espiritual que aun en la actualidad nos siguen vigilando y cuidando desde la Altura de la majestuosa Sierra Nevada.
Aquí donde reposa el Libertador, también florecen los sueños de quienes creemos que la política puede ser un acto de servicio y no un escenario de corrupción. Porque amar a Santa Marta es también defenderla de la injusticia, cuidarla del olvido, protegerla del abandono. Hoy más que nunca debemos elevar nuestra voz y nuestro corazón por ella.
No es coincidencia que Santa Marta esté protegida por dos madres celestiales: la Virgen de Santa Marta y la Inmaculada Concepción. Ellas nos enseñan que la fe no es una idea abstracta, sino una forma concreta de resistir, de luchar por lo justo, de cuidar a los demás. Esta ciudad no se rinde porque está abrazada por el amor de Dios y sostenida por el clamor de su pueblo.
Desde sus barrios más humildes hasta su centro histórico lleno de cicatrices coloniales, Santa Marta nos habla. Nos llama a la acción, al compromiso, a la transformación desde el alma. Y en medio de los desafíos sociales, económicos y políticos que enfrentamos, quiero decirle a mi tierra amada: no estás sola.
Como samario, como hijo de esta tierra y como creyente, hoy renuevo mi pacto con Santa Marta. Seguiré luchando por un futuro más digno, más justo y más humano. Porque el verdadero amor por una ciudad no se demuestra solo con palabras bonitas, sino con decisiones valientes, con gestos de bondad, con una política que sirva y no se sirva.
Feliz cumpleaños, Santa Marta.
Eres mi oración constante, mi causa, mi inspiración.
Tus 500 años nos llaman a la Unidad, a la Conciencia y a la Esperanza.

