DE ECOMODA A SANTA MARTA

Inexplicablemente hay maneras de apreciar, querer y hasta sentir como propia a una ciudad, ya sea por un viaje de turismo, por fotos o videos de internet, pero jamás uno pensaría que alguien pudiera atraerse por un destino gracias a una telenovela, este es el caso de un chileno y su familia, que en una noche fría en Valparaíso conocieron la obra de Fernando Gaitán “Yo soy Betty la Fea” en el Canal 13.

 

Entre carcajadas y hasta en palabras muy propias de Colombia que no lograban entender, se alejaban inconscientemente de la cotidianidad de su región y fue así, mientras estaba en sus ocupaciones diarias como Contador Público, pensaba en como Daniel Valencia se quedaría con el mando de la empresa, en como Armando Mendoza daba órdenes para maquillar los estados financieros y como el cuartel de las feas ampliaba su cobertura de chismes en los pasillos de Ecomoda.

 

La inmersión y la fascinación hacia la telenovela, conllevó el chileno y su familia a considerar como sería su vida si viviesen en el país de Betty, querían sentir esa mezcla de la gente alegre como Freddy Stewart, la coquetería de Aura María y todo el drama, humor de los personajes pintorescos de la novela.

 

Sin pensarlo tanto, se prepararon para el mejor de los Castings, tomaron un vuelo hacia Colombia, sin pensar que lo que más los iba a enamorar no era el país ni lo que veían tanto en la televisión, lo que realmente los sedujo fue Santa Marta, la ciudad que les dio la mejor bienvenida posible entre el calor, el mar la brisa, los vendedores, las calles con huecos, las mototaxis sobrepasando por los andenes, motos volándose los semáforos en rojo y muchos aspectos más de nuestro caribe colombiano que terminó siendo más una realidad que un choque cultural.

 

El chileno que estaba acostumbrado a otro clima, rápidamente descubrió que el calor en Santa Marta no se debe solo por su ubicación geográfica, se dio cuenta que también hace parte de la personalidad de la ciudad y jamás imaginó que minutos más tarde después de la ducha y de estar arreglado, quedaba otra vez sudado como una bolsa de fritos.

Fue allí donde se dio cuenta que Santa Marta era una cajita de sorpresas, que era más divertida que lo que había visto en televisión y que los chismes del cuartel de las feas era algo mínimo, lo grande era lo que se avecinaba.

 

Descubrió que existía una especie de agencia de espionaje social en las calles Samarias, en la que nadie sabe cómo se enteró de algo pero que todos saben que había sucedido, que la vida en un barrio de la ciudad puede ser resumida con más detalle que en una telenovela de 169 capítulos en la que todos saben quién se mudó, quien se fue, quien se dejó con la mujer, a quien le pusieron cachos y hasta quien compró televisor.

 

El chileno quedó abrumado, se dio cuenta que había encontrado a los personajes del cuartel de las feas pero no vio necesario hacer parte del selecto grupo o trabajar en Ecomoda, bastaba solo con vivir en Santa Marta.

 

Ya con el pasar de los meses, conoció personas que le recordaban a los personajes pintorescos de la novela, conoció al “Espantajopo”, ese personaje caribeño con camisa manga larga, gafas oscuras, el teléfono de última generación que hablaba como si estuviera cerrando un negocio importante como si fuera Don Armando, pero realmente estaba cuadrando la salida en lancha o preguntando en cuanto la mano de Cojinoa al vendedor del barrio.

 

También recordó a Patricia Fernández, esa Samaria que habría tenido serios problemas para vivir en la ciudad porque sabía que no podía ser tomada en cuenta siendo tan elegante en una ciudad donde la singularidad de los fines de semana es estar en bermuda y chanclas.

 

El chileno descubrió que la ciudad tiene una característica que los samarios consideran normal, la gente convierte cualquier evento en una historia colectiva, en Santa Marta hasta una reunión familiar puede terminar siendo un tema de conversación y hasta de saboteo por mucho tiempo, también descubrió que una simple discusión entre vecinos puede generar hasta un conflicto nacional y que el vecino nuevo del edificio ya sea objeto de comentarios y chismes de pasillo.

 

Pasado el tiempo, ya no miraba la ciudad como el extranjero que había llegado hace unos meses atrás, descubrió que Santa Marta, era mas que sus playas y sus atardeceres, Minca, el Parque Tayrona y esa increíble hasta indescriptible combinación que raya en lo absurdo de ver el mar y la inclemente Sierra Nevada al fondo como si fuera una postal.

 

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, el chileno conocía más la ciudad, pero menos entendía por que los samarios se encargaban de darle mala publicidad y de no apreciar la joya en la que vivían, mientras él veía la tranquilidad del mar y su atardecer, el Samario veía el hueco, la calle sin pavimentar y por qué la Calle 22 seguía siendo un rio en temporada de lluvias.

 

Esto se fue convirtiendo en la contradicción mas grande que pudiera haber visto, sentir que vivía dentro de una postal, pero al mismo tiempo ver como los Samarios chillaban mas que una caja de pollitos y fue ahí donde el chileno cayó en desgracia y ocurrió lo impensable, era una Samario más.

 

Primero empezó a utilizar expresiones costeñas, ya no se sentía “chato” sino “mamado”, ya no se sentía “fome” sino aburrido, ya no llamaba al amigo “weon” sino “ajá llave”, después adquirió la costumbre de sentarse a conversar sin mirar el reloj, más tarde entendió que en Santa Marta muchas cosas no necesitan una explicación inmediata sino que se dejan para después.

 

Y finalmente desarrolló el síntoma definitivo de adaptación, comenzó a quejarse de Santa Marta, ya no hablaba solamente de sus playas y de sus paisajes, también criticaba el tráfico, las calles, el calor, las obras y todo aquello que cualquier samario considera indispensable mencionar cuando alguien pregunta cómo está la ciudad.

 

Pero había una diferencia, el chileno se quejaba de la ciudad porque ya la sentía suya, y eso se hizo evidente el día que alguien criticó Santa Marta delante de él, el chileno que había llegado años atrás buscando la Colombia que conoció a través de una telenovela, terminó defendiendo la ciudad con una pasión que sorprendió hasta a sus compas de Chile.

 

Ya no era un chileno viviendo en Santa Marta, era un samario que había nacido en Chile, Betty la Fea fue el motivo y la puerta por la que vino a Colombia, pero Santa Marta fue la ciudad que consiguió que se quedara.

 

La telenovela le mostró una Colombia llena de personajes icónicos, romances, enredos y situaciones incomprensibles y absurdas, Santa Marta le mostró algo mucho más difícil de representar en televisión, una ciudad imperfecta, contradictoria, alegre, caótica, hermosa y profundamente humana, una ciudad que uno puede criticar durante toda la mañana y defender con uñas y dientes por la tarde.

 

Eso también hace parte de ser samario y seguramente hay muchos nacidos en la ciudad que cuando salen de la ciudad es que descubren que aun extrañan ciertos aspectos, en cambio el chileno que estuvo en un avión durante 8 horas para llegar aquí y ver con sus propios ojos la ciudad y vivir y convivir en Santa Marta, terminó queriéndola mas que los mismo locales y es que mientras algunos samarios miran el mar y piensan que “ajá” siempre ha estado ahí, el chileno sigue contemplando y elogiando la postal.

 

El samario se sigue quejando del calor, él recuerda el frio de Chile, mientras aquí piensan que podría estar mejor la ciudad, él piensa en todo lo que tiene y mientras algunos samarios sueñan con irse a vivir a otra parte, el chileno después de haber conocido a Colombia gracias a una novela, terminó comprendiendo que en ningún capitulo de la novela podía enseñarle, no hay ciudad perfecta, no hay ciudad que no tenga problemas, no hay ciudad sin algún tipo de caos pero si hay ciudades como Santa Marta que hizo que el chileno terminara convirtiéndose en un samario más.

 

Llegó a Santa Marta buscando a Betty, a Don Armando, y al cuartel de las feas pero terminó encontrando algo más humano, a su gente, a la tranquilidad, se acostumbró al calor, generó la habilidad de quejarse como uno más y terminó enamorándose de la ciudad más de los que nacieron aquí.

 

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