Por Ives Danilo Díaz Mena
En el Magdalena hay una verdad que muchos prefieren ignorar, pero que se siente en las calles, en los hogares y en las aulas vacías: nuestros jóvenes se están yendo. No por capricho, no por aventura, sino porque sienten que aquí el futuro se volvió un lujo. Y cuando un territorio expulsa a su juventud, también expulsa su esperanza.
La migración juvenil no es un fenómeno aislado; es la consecuencia de un sistema que ha fallado en lo más básico: garantizar oportunidades reales. Falta empleo digno, faltan escenarios culturales, faltan rutas claras para que un joven pueda soñar sin que ese sueño termine estrellándose con la desigualdad. Como bien advertía Bauman (2007), vivimos en una modernidad líquida donde el futuro se ha vuelto incierto, frágil y, para muchos, inalcanzable.
En el departamento, miles de jóvenes salen cada año rumbo a otras ciudades o incluso a otros países buscando lo que aquí no encuentran: educación accesible, trabajo estable, seguridad y un proyecto de vida posible. Y mientras ellos se van, el territorio se queda sin voces, sin energía transformadora, sin relevo generacional. Es como si el Magdalena estuviera perdiendo sus latidos más jóvenes.
El problema es estructural, pero también emocional. ¿De qué sirve pedirle a los jóvenes que se queden si no les damos razones para hacerlo? Un departamento que solo ofrece precariedad no puede exigir lealtad. Como sociedad, no podemos seguir dándonos el lujo de que el talento de esta tierra sea abrazado por otros, mientras aquí seguimos atrapados entre la politiquería y la improvisación.
La educación superior es, sin duda, uno de los pilares para revertir esta fuga silenciosa. Necesitamos universidades más fuertes, más accesibles, más articuladas con las realidades territoriales. Una educación que no solo forme profesionales, sino ciudadanos capaces de transformar, dialogar y construir. Como señala Freire (1997), la educación es un acto de esperanza, un acto político que puede liberar o puede condenar. Hoy, la necesitamos para liberar.
Pero no basta con ampliar la oferta educativa; debemos generar condiciones para que un joven se quede y prospere. Eso implica políticas públicas serias para el empleo juvenil, incentivos al emprendimiento, fortalecimiento cultural, seguridad, infraestructura y un compromiso político real, no de discurso. Queremos que nuestros jóvenes no tengan que elegir entre quedarse y sobrevivir o irse para vivir.
El Magdalena tiene todo para ser un territorio de oportunidades: una ubicación estratégica, un potencial ambiental inmenso, una riqueza cultural que pocos departamentos poseen y una juventud talentosa que quiere aportar. Pero esa riqueza solo florece si hay visión. Si hay liderazgo. Si hay un proyecto colectivo.
Hoy el llamado es claro: si no cuidamos a nuestros jóvenes, perdemos el futuro.
Si no generamos oportunidades, perderemos generaciones.
Y si seguimos dejando que el talento se vaya, no habrá discurso que nos alcance para explicar por qué dejamos morir el sueño magdalenense.
Yo creo en un Magdalena donde la juventud no se tenga que despedir. Donde estudiar, trabajar, emprender y vivir sea posible sin migrar por necesidad.
Creo en un territorio que se construye desde la sensatez, el diálogo y la esperanza.
Y creo profundamente que un departamento con jóvenes soñando es un departamento que vuelve a soñar.

