Tres volantes en cinco minutos y tres futuros posibles para nuestro municipio. Ninguno de los tres lo escribimos nosotros, y a escoger entre ellos le venimos diciendo participar.
Es un martes de agosto en el parque principal de nuestro municipio, seis y veinte de la tarde. Alguien reparte volantes junto a la caseta. Usted recibe tres en cinco minutos: tres caras, tres promesas, tres listas de obras. Los mira, decide cuál le suena menos mal y sigue caminando hacia su casa.
Ahora hágase la pregunta que casi nunca nos hacemos, y hágasela en serio antes de seguir leyendo: ¿quién decidió que esas fueran las tres opciones? No quién imprimió los volantes. Quién decidió, meses antes y en otro salón, que nuestro futuro cabía en esas tres hojas.
Llevo casi tres décadas caminando veredas y tardé años en formularla. Escogemos con una seriedad enorme entre un menú que no ayudamos a escribir, y a eso le decimos participar.
FRASE DEL ARTEZANO: Mientras escojamos del menú que otros cocinaron, seguiremos votando por el menos malo. El rumbo empieza el día que entramos a la cocina.
El tercer nivel
Edgar Schein separó toda cultura en tres niveles: los artefactos que se ven, los valores que se declaran y los supuestos básicos, que nadie enuncia porque nadie los discute. Aplíquelo a este martes. El artefacto es el volante. El valor declarado es «aquí la gente participa». Y el supuesto básico, el que manda de verdad, dice otra cosa: la política es un menú y mi papel es escoger de él.
Paulo Freire llamó bancaria a la educación que deposita contenidos en una cabeza que supone vacía. Una campaña que llega con el plan terminado hace exactamente eso: deposita. Su alternativa no entrega la respuesta: entrega el problema y se queda a trabajarlo con quien lo padece.
George Lakoff pone el remate: los marcos deciden antes que los argumentos. Mientras llamemos «opciones» a lo que otros cocinaron, seguiremos pidiendo mejores platos en lugar de entrar a la cocina. Y esto no es falta de información: un municipio puede estar perfectamente informado y no tener ni idea de hacia dónde va. Eso tiene otro nombre: falta de propósito compartido.
EL ARTEZANO PREGUNTA: ¿Cuál fue la última vez que usted estuvo donde se definió una opción, y no en el día en que había que escogerla?
FRASE DEL ARTEZANO: Un municipio puede estar perfectamente informado y no tener ni idea de hacia dónde va. Eso no es desinformación: es falta de propósito compartido.
La letra muerta
Aquí conviene ser honesto, porque la respuesta fácil es falsa. La respuesta fácil dice: ocupe los espacios de participación que ya existen. Y existen, con nombre y con fecha. La Ley 152 de 1994 creó los Consejos Territoriales de Planeación, donde vecinos y organizaciones conceptúan el plan de desarrollo antes de que se apruebe. La Ley 1757 de 2015 agregó el derecho a la incidencia y a la rendición de cuentas en audiencia pública.
Llevan más de treinta años abiertos. Y son, en la práctica, letra muerta. No porque la ley esté mal escrita, sino por algo más incómodo: llegamos a ellos sin nada propio que poner sobre la mesa. Se opina sobre el plan de otro. Y cuando el gobierno termina, el plan se va con él.
Ese es el problema de fondo, y no se arregla ocupando más sillas. Un plan de alcalde dura cuatro años. Un barrio no cabe en cuatro años. Una ciudad, mucho menos.
EL ARTEZANO PREGUNTA: ¿Cuántas veces hemos pedido una silla en la mesa de otro, y cuántas hemos puesto nuestra propia mesa?
FRASE DEL ARTEZANO: Los espacios de participación no fracasaron por cerrados: fracasaron porque llegamos a ellos sin proyecto propio que defender.
Cinco, doce, veinte
Lo que sí funciona tiene una escala y un orden, y los dos son distintos a los de una campaña. La escala es esta: un proyecto colectivo a cinco años en el barrio, a doce años en la localidad o la comuna, y a veinte años en el municipio o la ciudad. Cinco años casi caben en un periodo de una junta de acción comunal. Doce obligan a ponerse de acuerdo entre barrios vecinos. Veinte son cinco gobiernos seguidos: ningún alcalde escribe eso, porque ninguno dura tanto.
Y el orden es el que tenemos invertido. Hoy primero aparecen los candidatos y después, si acaso, se discute el futuro. Al revés: primero se construye el proyecto de barrio, de localidad y de ciudad; después los candidatos salen de quienes lo construyeron: no quien llegó con tres hojas impresas en agosto, sino la gente que estuvo escribiendo el sueño colectivo cuando todavía no había nada que repartir.
FRASE DEL ARTEZANO: Cinco años el barrio, doce la localidad, veinte la ciudad. Después los candidatos, y salidos de quienes construyeron ese sueño colectivo.
Veinte hojas en la misma pared
Veintinueve años caminando y 387 territorios después, le puedo decir qué es lo que de verdad se repite, y no es la desidia. En un salón comunal de Guamal, en una vereda de Chiquinquirá y en un barrio de cualquier ciudad he visto la misma escena: veinte personas escriben en un minuto, sin corregir y sin preguntarse si es posible, su sueño a un año para su cuadra. Después pegamos los papeles en la pared.
Y siempre —siempre— tres o cuatro aparecen repetidos casi con las mismas palabras. Lo que cada quien creía un deseo privado era una agenda colectiva sin nombre y sin autor. Más de mil semillas sembradas y más de trescientos tejedores activos después, sostengo que ahí está el fondo del asunto: no nos falta rumbo, nos falta el papel donde el rumbo de cada uno se encuentra con el del vecino.
«Esperanzía» es lo que germina cuando esas semillas sueltas se siembran en el mismo surco y alguien les pone fecha.
EL ARTEZANO PREGUNTA: ¿Y si el plan que le falta a su barrio ya estuviera escrito, repartido en veinte hojas sueltas que todavía nadie ha juntado?
FRASE DEL ARTEZANO: Lo que cada quien creía un deseo privado era una agenda colectiva sin nombre y sin autor.
Cómo se hace, sin retórica
Cinco pasos. Dos horas. Veinte personas, un salón prestado y hojas de papel. Este es el método completo y no tiene nada más.
Primero, el minuto. Cada quien escribe una sola frase —«mi sueño para este barrio en cinco años es…»— sin corregir. Es un ejercicio, no una explicación: quien facilita no habla.
Segundo, la excavación. Los cinco porqués de Sakichi Toyoda, que no son una técnica de gestión sino una disciplina de honestidad, aplicados al propio silencio: por qué no lo propongo, por qué llego tarde, por qué acepté que no me correspondía. El quinto porqué nunca toca una circunstancia: toca una creencia.
Tercero, la pared. Se levantan las hojas y se agrupan las repetidas, en voz alta. Nadie interpreta: se cuenta.
Cuarto, la escalera. Los sueños repetidos se convierten en una meta del barrio a cinco años, con indicador, responsable con nombre y fecha de revisión. Esa hoja se lleva a las juntas vecinas y se arma el tramo de doce años de la localidad; con las localidades se arma el de veinte años de la ciudad. Nadie salta un peldaño.
Quinto, el rastro. Radicar la hoja en la administración municipal. Ese número de radicado convierte una buena intención en un hecho verificable, y es lo que después le permite preguntarle a un candidato si estaba ahí o llegó en agosto.
FRASE DEL ARTEZANO: Un plan sin indicador, responsable y fecha es un anuncio. Con los tres, es un contrato.
Lo que hacemos con esto
Veinte hojas en una pared se quedan en emoción de sábado si no entran en los cuatro principios que convierten una jornada en un resultado. Una meta crucial de alto impacto por peldaño. Unas palancas de apoyo: personas con nombre y tareas con dueño. Un tablero de resultados pegado donde la gente pase. Y una fecha fija de rendición de cuentas, con acta y con suplente, porque un proceso que depende de una sola persona no es una estructura: es una buena persona ocupada.
El menú de agosto
Vuelvo al parque y a los tres volantes, pero con el barrio ya trabajando. El menú de agosto cambió, y cambió porque en él aparece un plato que no cocinó ninguna campaña: el que escribimos entre todos, con indicador, responsable y fecha.
Y entonces el día de votar deja de ser una resignación. Ya no escogemos al menos malo entre tres desconocidos: escogemos a quien nos generó más confianza mientras se construía ese plato, a quien estuvo en la segunda y en la tercera reunión, cuando todavía no había cámaras ni volantes.
Empiece esta semana por el primer peldaño, que cabe en media hora: reúna a su cuadra, escriban el sueño de la cuadra a un año, pónganle tres nombres y una fecha, y radíquenla en cada casa de la cuadra y en la junta de acción comunal. Lo demás sale de ahí, en ese orden y no en otro.
FRASE DEL ARTEZANO: No votamos por el menos malo: votamos por quien nos generó más confianza construyendo lo que ya era nuestro.
Ahora el plato es nuestro.

