Hay un personaje que camina entre nosotros en la Costa Caribe colombiana y no necesita presentación porque él mismo se presenta cuando lo escuchas dos cuadras antes de verlo, es el Salsero Costeño, esa criatura mítica que combina un guardarropa digno de arcoíris en primavera y un amor casi religioso por Héctor Lavoe, Willie Colón y el “Sonido Bestial” de la vieja guardia.
Olvídate del dress code corporativo, el salsero costeño tiene el suyo propio y las reglas son claras, la camisa debe tener al menos tres colores que en ningún universo paralelo combinan entre sí, naranja con verde limón y detalles morados no es un accidente, el sombrero brillante bordeado con una cinta amarilla, los zapatos, blancos, siempre blancos, aunque acabe de llover y la calle sea un pantano, el salsero camina sobre el barro como Moisés sobre el Mar Rojo con fe y con cuidado de no dañar el cuero; y no, no está “mal combinado”, él lo llama “estilo“, “swing”, “tumbao”, pero otros lo conocen como “Pepe Bola”.
No existe el salsero costeño sin su parlante, puede ser un JBL, puede ser una torre casera armada con lo que encontró en el taller del cuñado, pero ese aparato suena a todo timbal desde las nueve de la mañana un domingo, y nadie se atreve a pedirle que baje el volumen, porque la respuesta siempre es “Esto no es ruido, mijo, esto es cultura.” y técnicamente tiene razón, aunque tu dolor de cabeza no esté de acuerdo.
Pregúntale cualquier cosa sobre salsa de los 70 y verás cómo se transforma, sabe en qué año se separó tal orquesta, quién tocaba el trombón en tal disco, y por qué la versión en vivo es siempre superior a la de estudio, es un doctorado no acreditado en Fania All-Stars que él mismo se otorgó a pulso, oyendo casetes rayados en el patio de la casa desde los ocho años.
Otra vaina es cuando llega a la Troja, ese famoso lugar en Barranquilla en el que se reúnen los salseros, sin necesidad de voltear se percibe que ha llegado el personaje, entre el humo de cigarrillo y el olor a cerveza derramada, abre paso el perfume Drakkar o el de la Maria Farina haciendo su entrada triunfal, cuando suena el guaguancó, no hay poder humano que lo saque de la pista, baila con los ojos cerrados, con una sonrisa de quien ya llegó al cielo sin necesidad de morirse, y con una elegancia que contradice completamente lo que estaba haciendo hace cinco minutos.
Al Salsero Costeño nadie le dio clases, nadie lo sentó a estudiar la clave ni le explicó por qué el Son Montuno pega distinto a las cinco de la tarde con una cerveza en la mano, ese conocimiento se transmite igual que las recetas de la abuela, mirando, viviendo, creciendo entre parlantes prestados y discos heredados y así, sin proponérselo, cada generación produce un nuevo ejemplar, camisa floja y sombrero ladeado, listo para seguir defendiendo el legado con el mismo orgullo de siempre.
Al final, aunque algunos se burlen, el salsero costeño es una institución, es memoria viva, es alegría ambulante, es la prueba de que en esta tierra el buen gusto musical y el mal gusto en la ropa pueden convivir en perfecta armonía generación tras generación.
Te la dejo clara, la próxima vez que lo veas venir por la calle con la camisa multicolor que parece la bandera de un extraño país africano, sombrero ladeado, parlante a todo timbal, no te quejes del volumen, simplemente, muévete un poco y siente el swing.

