Hay lugares que nos llenan de orgullo, aunque no siempre conozcamos las historias que guardan. La Ciénaga Grande de Santa Marta es uno de ellos.
La próxima edición de FilSMar, que se realizará del 26 al 31 de octubre en la Universidad del Magdalena, le rendirá homenaje bajo una consigna que parece escrita para recordarnos algo esencial: el agua también se convierte en memoria, cultura y palabra.
Pero hay una pregunta que merece ir más allá de los libros y las celebraciones: ¿cuánto conocemos realmente de aquello que tanto decimos amar?
La Ciénaga Grande no es solamente un paisaje extraordinario ni una fotografía que compartimos para mostrar la belleza del Magdalena. Es un ecosistema fundamental para el Caribe colombiano, hogar de una enorme diversidad biológica y sustento de comunidades que han construido su vida alrededor del agua. Su importancia ambiental y social está reconocida incluso internacionalmente.
Sin embargo, detrás de esa belleza existe una realidad que no podemos ignorar.
En febrero de este año, el Consejo Nacional de Planeación advirtió sobre la expansión de la planta invasora Hydrilla verticillata, que ya ocupaba más de 36 kilómetros cuadrados de esta ecorregión, afectando la pesca, el transporte y la vida de comunidades palafíticas como Nueva Venecia y Buenavista.
La cifra importa, pero también importa lo que representa: cuando un ecosistema se deteriora, no pierde solamente la naturaleza. También se comprometen los oficios, las tradiciones, la alimentación y las historias de quienes dependen de él.
Por eso, celebrar la Ciénaga Grande debe significar algo más que dedicarle una feria, una exposición o una página en un libro. Debe invitarnos a conocerla, escuchar a sus comunidades y comprender los desafíos que enfrenta.
Y aquí la responsabilidad no pertenece exclusivamente a quienes gobiernan o a quienes tienen competencias ambientales. También nos corresponde como ciudadanos, como habitantes del Caribe y como sociedad que necesita aprender a valorar aquello que no puede reemplazarse.
No se trata de buscar culpables ni de convertir una preocupación ambiental en una disputa política. Se trata de entender que cuidar el patrimonio natural exige conocimiento, compromiso colectivo y continuidad, más allá de los gobiernos de turno.
Quizás por eso la literatura tiene tanto valor: nos permite acercarnos a realidades que, desde la distancia, corremos el riesgo de convertir en simples paisajes.
La Ciénaga Grande no cabe en una postal porque detrás de cada imagen hay un mundo que merece seguir existiendo.
Esta semana, cuando los libros y las artes nos inviten a mirarla de nuevo, hagamos algo más que admirarla: aprendamos a conocerla.
Porque uno no puede cuidar verdaderamente aquello que apenas conoce.
¿Estamos enseñando a las nuevas generaciones a admirar la belleza de nuestro territorio o también a comprender la responsabilidad que implica protegerlo?
