LA SEMANA EN QUE SANTA MARTA DECIDE SONREÍR

 

 

Las Fiestas del Mar representan una de las expresiones culturales más importantes de Santa Marta, nacieron en 1956 como una manera de exaltar la relación histórica de la ciudad con el mar Caribe, promover el turismo y celebrar el aniversario de la ciudad más antigua de Colombia, con el paso de las décadas, dejaron de ser únicamente un evento deportivo y se transformaron en una celebración que reúne música, tradición, gastronomía, deportes náuticos y un profundo sentido de identidad samaria.

 

Sin embargo, cada año surge la misma pregunta: ¿por qué miles de personas esperan con entusiasmo las Fiestas del Mar cuando Santa Marta sigue enfrentando problemas de movilidad, inseguridad, servicios públicos, manejo de residuos, espacio público y desigualdad? La respuesta no es tan contradictoria como parece.

 

Las ciudades no viven únicamente de sus problemas, también necesitan momentos que les permitan recordar quiénes son, las Fiestas del Mar funcionan como una pausa colectiva en medio de las preocupaciones cotidianas; durante algunos días, el Samario deja de hablar del hueco de la esquina, del trancón interminable o del recibo de la luz para encontrarse con amigos, escuchar música frente al mar y sentir que la ciudad también puede ser motivo de orgullo.

 

No se trata de ignorar las dificultades, sino de demostrar que una comunidad puede conservar su capacidad de celebrar aun cuando tenga grandes retos por resolver, las fiestas representan un espacio donde la identidad supera por un instante las frustraciones diarias.

 

Además, existe un componente profundamente emocional, muchas familias han crecido asistiendo a los desfiles, a los conciertos, a las competencias náuticas o al tradicional desfile de carrozas, son recuerdos que pasan de padres a hijos y que forman parte de la memoria colectiva de Santa Marta, para muchos las Fiestas del Mar significan volver a reunirse con familiares que viven fuera, reencontrarse con amigos o simplemente caminar por el Camellón respirando un ambiente diferente.

 

También hay una razón económica que suele pasar desapercibida, durante esos días aumentan considerablemente la ocupación hotelera, las ventas de restaurantes, comerciantes, artesanos, taxistas y pequeños emprendedores, la fiesta representa una importante vitrina turística y una oportunidad para dinamizar la economía local.

 

No obstante, también es válido preguntarse si una gran celebración basta para ocultar las necesidades de la ciudad, la respuesta es no, una fiesta no reemplaza una buena o mala administración, ni soluciona problemas estructurales, tampoco debería convertirse en una cortina que impida discutir los desafíos que Santa Marta tiene durante los otros trescientos cincuenta y tantos días del año.

 

Precisamente ahí radica el verdadero equilibrio, una ciudad puede celebrar y, al mismo tiempo exigir mejores condiciones de vida, el orgullo por las Fiestas del Mar no debería ser incompatible con el deseo de tener mejores vías, playas más limpias, mayor seguridad, mejor movilidad y servicios públicos de calidad.

 

Quizás esa sea la mayor enseñanza de esta tradición, el Samario posee una extraordinaria capacidad para encontrar alegría incluso cuando las circunstancias no son las mejores, el mar, la música y el espíritu caribe recuerdan que la felicidad no siempre espera a que todo esté perfecto.

 

En definitiva, las Fiestas del Mar no son únicamente conciertos, reinados o competencias deportivas, son un recordatorio de que Santa Marta es mucho más que sus problemas, son el momento en que una ciudad entera decide mirarse con orgullo, celebrar su historia y renovar la esperanza de que algún día la calidad de vida de sus habitantes esté a la misma altura de la belleza de su bahía.

 

Y tal vez por eso la gente nunca deja de asistir, porque el samario sabe que los problemas seguirán esperándolo el lunes siguiente, pero también entiende que una ciudad que deja de celebrar su cultura corre el riesgo de perder una parte de su alma, celebrar no significa conformarse; significa recordar por qué vale la pena seguir trabajando para que Santa Marta sea tan grande en oportunidades como lo es en historia y belleza.

 

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