
Si usted fue joven en Santa Marta durante los años noventa y decidió escuchar rock en lugar de vallenato, merengue o salsa, primero que todo, mis respetos, sobrevivió a una época donde el calor era de cuarenta grados a la sombra y, aun así, insistía en ponerse una camiseta negra de Metallica, un jean más apretado que un presupuesto de diciembre y unas botas militares punta de metal que parecían compradas para invadir Ucrania y no para caminar por la Avenida del Libertador a las dos de la tarde, eso era pura y física rebeldía o lo que hoy se conoce coloquialmente como “vainas de pelao roto”.
En esos tiempos, el rockero Samario era fácil de reconocer, mientras todo el mundo andaba en chancletas, pantaloneta y una camiseta del Unión Magdalena, aparecía aquel pelao con una melena que hacía sufrir a la mamá cada vez que pasaba por la sala y al papá que suplicaba que terminara el bachillerato para que le tocara prestar servicio militar.
Treinta años después muchos consiguieron trabajo, pero el pelo decidió independizarse y largarse para siempre, hoy la discusión no es si se lo cortan, sino si todavía queda algo que peinar, ser rockero en Santa Marta también era aceptar que el barrio lo mirara como si estuviera planeando invocar espíritus en la Bahía, la vecina apenas lo veía salir con una camiseta negra de Iron Maiden ya murmuraba que ese pelao era diabólico y pertenecía a una secta.
La famosa secta consistía en reunirse a escuchar discos, discutir cuál era el mejor solo de guitarra de la historia y gastar la plata de la merienda comprando casetes piratas que sonaban como si los hubieran grabado dentro de una licuadora y aun así eran felices.
Las reuniones eran casi siempre en algún parque o en el popular Firenze Pub, en El Garaje en Taganga o en el Parque de los Novios que en ese entonces no era el desfile gastronómico que es hoy, era un sitio donde uno podía quedarse hablando durante horas de Nirvana, Guns N’ Roses, Metallica o Héroes del Silencio, mientras el vendedor de cerveza hacía su agosto.

Conseguir música era toda una misión imposible, no había Spotify, ni YouTube, ni TikTok recomendándole canciones de veinte segundos, había que peregrinar por tiendas de discos, esperar que algún primo viajara a Barranquilla o rogar que un amigo apareciera con un CD original escondido entre la ropa, como si estuviera pasando mercancía de contrabando y para medio estar actualizado tocaba ver el programa Oro Puro en el Canal Telecaribe o comprar la revista Kerrank o Hit Parader.
Cuando alguien llegaba diciendo que tenía el nuevo casete de Metallica o de cualquier banda popular, automáticamente se convertía en el hombre más importante de Santa Marta después del Pibe Valderrama.
En ese entonces, los adultos no entendían absolutamente nada, para ellos todas las bandas eran satánicas, todos los rockeros consumían drogas y cualquier canción en inglés escondía un mensaje diabólico haciendo girar al revés un disco de vinilo.
Lo más irónico es que aquellos “rebeldes peligrosos” terminaron siendo los más tranquilos de la ciudad, hoy son ingenieros, médicos, abogados, profesores, comerciantes, funcionarios públicos y hasta papás que les dicen a sus hijos exactamente lo mismo que les decían sus propios padres, ¿Y esa bulla que estás escuchando qué es?, Claro está haciendo referencia a Bad Bunny o a cualquier Reggeatonero de la actualidad.
Ni hablar de los conciertos, cuando llegaba un rumor de que una banda internacional podía venir a Colombia, ya medio Santa Marta estaba haciendo cuentas, no importaba si el concierto era en Bogotá, la logística era muy sencilla, era vender lo que hubiera que vender, pedir prestado, convencer a la mamá de que uno iba “a una convivencia” y montarse en un bus durante dieciocho horas.
Hoy todo cambió, las camisetas negras fueron reemplazadas por camisas de oficina, las botas militares ahora son zapatos cómodos porque la fascitis plantar no perdona, las melenas sobrevivientes pelean una batalla desigual contra las canas y las entradas o en el peor de los casos con una prominente calva tipo bola 8.
En aquel entonces, el famoso “pogo” que era un “baile” que agudizaba en la agresividad según la canción que sonara, era de lo más extremo en la época, se voleaba puño y patá más que en una película de Bruce Lee, hoy día un pisón tirando un pase de salsa es causal para dejar la pista de baile de inmediato y ni hablar del famoso movimiento de cabeza, ese que antes duraba tres canciones completas, ahora viene acompañado de una torticolis y vértigo.
Pero hay cosas que nunca cambian, basta con parquearse en cualquier estadero del Rodadero, en un carro estacionado frente a la Marina o ir a un bar como Crabs y que suenen los primeros acordes de Nothing Else Matters, The Final Countdown, Persiana Americana o Sweet Child O’ Mine, para que esos mismos pelaos que ahora pagan impuestos, tienen hijos y preguntan por promociones de medicamentos, vuelvan a sentirse de diecisiete años así sea por cuatro minutos.
Al final, el rock nunca necesitó que alguien lo declarara vivo, porque jamás se fue, se quedó escondido entre las responsabilidades, las cuentas por pagar, las reuniones de trabajo y las madrugadas obligatorias, esperando el momento en que una guitarra eléctrica volviera a sonar para recordarnos quiénes fuimos y, en el fondo, quiénes seguimos siendo, porque el tiempo podrá regalarnos canas, lentes, barriga y una colección de dolores que antes no conocíamos, pero no logrará vencer esa sonrisa inevitable cuando empieza a sonar la canción que marcó nuestra juventud, el rock no envejece; simplemente aprende a convivir con el ibuprofeno, el colesterol y la nostalgia, y mientras exista un adulto que suba el volumen del carro, cante desafinado un clásico de los ochenta o noventa y haga una discreta guitarra imaginaria con las manos, quedará demostrado que el rock no ha muerto, solo cambió los trasnochos por una buena noche de sueño para estar listo para el próximo concierto.

