PETRO EN SU LABERINTO

Créditos foto: Creación propia IA

 

Por: VERUZKA AARÓN TORREGROZA

veruzkaaaron.t@gmail.com

 

En El general en su laberinto, Gabriel García Márquez recrea los últimos días de Simón Bolívar durante los cuales enfrenta al desencanto político, la traición y la soledad del poder. La alegoría que de este ocaso hace el Nobel, puede considerarse la metáfora del final del gobierno de Gustavo Petro, quien sobra mencionar, ha venerado la imagen de Bolívar a lo largo de su carrera política. La talla de un personaje como Simón Bolívar es incomparable con cualquier líder y/o gobernante contemporáneo, no solo por la trascendencia de su pensamiento y logros militares, sino por la distancia histórica y contexto. Sin embargo, el final del poder suele tener rasgos universales que varían de acuerdo con la personalidad del líder, sus resultados y el nivel del desgaste del proyecto político. El presidente Petro quien durante campaña se comprometió en transformar las estructuras de poder mientras establecía alianzas con las figuras más cuestionadas de la política “tradicional”, parece encontrarse ahora sobrepasado por ellas. Como el General, quedó atrapado entre la contradicción de sus promesas y su fracaso. En su intento por distraer a detractores y opinión pública de esta realidad, Petro ha optado por radicalizar su discurso a pesar de que en cada intento de imponer sus intereses, se topa con los muros de una institucionalidad reacia a los saltos al vacío.

 

Gustavo Petro llegó al poder proyectándose como un líder redentor, respaldado por tres círculos de confianza claramente diferenciados: los compañeros de lucha que lo acompañan desde su militancia en el M-19 y representan su épica política; los profesionales y tecnócratas que simbolizaban un puente con sectores tradicionales del poder; y, finalmente, un grupo de activistas de discurso radical, cargados de convicción ideológica pero carentes de experiencia en la gestión del Estado. Esa mezcla, que prometía una renovación histórica, también contenía el germen de futuras tensiones.

 

Producto de tan atropellada gestión se evidencian deficientes resultados y la profundización de la crisis en distintos sectores, los cuales, el presidente Petro ha querido justificar con el trillado argumento del “bloqueo institucional”. Sin embargo, la realidad es que no se necesita buscar culpables fuera de su propio gabinete: el alto nivel de rotación ministerial (Según los últimos informes, han pasado aproximadamente 57 ministros por el gabinete del presidente Gustavo Petro hasta agosto de 2025), marcado por improvisaciones, choques internos y nombramientos fallidos, ha sido suficiente para minar su capacidad de gestión desde adentro. Al despedazarse su coalición inicial, se marcó el camino de inestabilidad constante que no solo ha impedido consolidar una agenda de gobierno, sino que ha reforzado la percepción de un liderazgo atrapado en su propio laberinto político.

 

A los enredos políticos de su gobierno se han sumado los escándalos que rodean a su círculo más cercano, cuestionamientos que han puesto en entredicho la autoridad moral del presidente frente a las mismas prácticas corruptas que, como líder opositor, denunció con vehemencia durante años. Esa contradicción persistente e imposible de superar, lo ha llevado a atrincherarse en su propio ego y a alimentar discursos de persecución, como si el país estuviera en deuda con su proyecto histórico. Es la misma encrucijada existencial que retrata García Márquez en El general en su laberinto: la de un líder que se refugia en la nostalgia de sus sueños para escapar de la realidad, y evitar así, reconocer el peso del desencanto de quienes lo eligieron. Las emociones del país se agitan en una mezcla de desesperanza y fatiga.

 

Petro, convencido de pertenecer a la estirpe de los caudillos ilustrados, intenta extender su laberinto más allá de las fronteras nacionales, trasladando su cruzada política a la escena internacional como si aún pudiera encontrar afuera las victorias que se le escapan en casa.

 

El desenlace del gobierno de Petro, más que una tragedia épica al estilo macondiano es el resultado de una gestión cargada de una torpe rimbombancia que pretendió desconocer una institucionalidad que si bien puede tener la necesidad de reformas profundas, no puede ser desmontada a punta de discursos incendiarios ni improvisaciones ideológicas.

 

El tiempo, juez implacable, definirá el legado de Petro. Sin embargo por sus propias decisiones y alimentado por sus confrontaciones este se perfila reducido al de un Presidente que perdió la capacidad de unir a un país cansado de esperar por soluciones.

 

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