Dicen que las oportunidades suelen esconderse detrás de las crisis. No porque una tragedia sea una oportunidad en sí misma, sino porque algunas crisis tienen la capacidad de hacer visible aquello que durante años permaneció oculto, ignorado o relegado. El terremoto que golpeó a Colombia puede estar produciendo precisamente ese efecto en el Chocó, un departamento que durante décadas ha cargado con una paradoja difícil de explicar: una de las regiones más ricas del país en biodiversidad, agua, cultura, recursos naturales y talento humano, pero al mismo tiempo una de las más pobres en infraestructura, servicios públicos, oportunidades económicas y presencia efectiva del Estado. El Chocó no llegó a esta emergencia por culpa de un terremoto. La emergencia comenzó mucho antes. Se construyó lentamente, durante décadas de abandono institucional, de inversiones insuficientes, de obras que no llegan, de promesas que se repiten y de una brecha social que el país aprendió a mirar con una mezcla de resignación e indiferencia.
Por eso resulta significativo que hoy el departamento esté en el centro de la conversación nacional. La tragedia sísmica obligó al país a mirar hacia un territorio que durante demasiado tiempo había permanecido en los márgenes de las prioridades nacionales. Esta vez la respuesta no parece limitarse a la atención inmediata de la emergencia. El liderazgo de la gobernadora del Chocó ha conseguido convertir la urgencia en una convocatoria. El Gobierno nacional ha puesto sus ojos sobre el departamento, pero también han comenzado a movilizarse otros actores relevantes: empresas, organizaciones sociales, ciudadanos, instituciones y personas que han entendido que reconstruir no puede significar simplemente levantar las paredes que el terremoto derribó.
La verdadera reconstrucción tendrá que partir de determinar qué había antes de la tragedia. Porque sería un error reconstruir el mismo Chocó que existía antes del terremoto. Si una escuela quedó destruida, no basta con reconstruir la escuela. Hay que preguntarse cuántos niños tenían acceso efectivo a una educación de calidad antes del desastre. Si una infraestructura sanitaria resultó afectada, no basta con reparar sus paredes. Hay que preguntarse por qué el acceso a los servicios de salud ya era insuficiente. Si una comunidad perdió sus viviendas, no basta con entregar nuevas casas. Hay que garantizar que estén ubicadas en lugares seguros, que tengan servicios públicos y que formen parte de un verdadero proceso de desarrollo territorial. Y si el terremoto dejó al descubierto vulnerabilidades físicas, también debería servir para revelar las vulnerabilidades institucionales y sociales que durante años han sido normalizadas.
Ahí está la verdadera oportunidad. El desafío consiste en evitar que la solidaridad nacional desaparezca cuando desaparezcan las cámaras. Las emergencias suelen producir algo que la política ordinaria no consigue: concentración de atención, recursos y voluntad. El problema es que esa concentración también suele ser pasajera. El Chocó necesita que esta vez sea diferente. La reconstrucción debería convertirse en un gran pacto por el desarrollo del departamento, uno que trascienda gobiernos, partidos y coyunturas electorales; un pacto que permita convertir la atención generada por la tragedia en inversiones estratégicas en educación, salud, vivienda, conectividad, agua potable, saneamiento básico, infraestructura, generación de empleo y aprovechamiento sostenible de sus enormes activos ambientales y culturales.
Pero también debe existir vigilancia. Cuando llegan grandes cantidades de recursos después de una tragedia aparecen también grandes riesgos: contratación apresurada, obras mal planeadas, sobrecostos, improvisación y corrupción. La reconstrucción del Chocó no puede convertirse en otro capítulo de la historia del abandono. Necesita transparencia, planeación, participación ciudadana y resultados medibles.
Y necesita, sobre todo, que la sociedad colombiana entienda algo que parece elemental pero que hemos olvidado: el Chocó no debería necesitar un terremoto para que Colombia se acuerde de que existe.
La tragedia puso al departamento en el mapa. Ahora corresponde conseguir que permanezca allí por una razón distinta: porque finalmente Colombia decidió hacer justicia territorial. Quizás esa sea la única oportunidad que puede encontrarse detrás de esta crisis. No la oportunidad de olvidar la tragedia, sino la de utilizar la atención que produjo para corregir una tragedia mucho más antigua: la de un territorio que durante generaciones ha tenido que sobrevivir con mucho menos de lo que merece.
Se tiene la posibilidad de construir algo nuevo: un Chocó que no sea recordado únicamente cuando ocurre una emergencia, sino reconocido permanentemente como lo que es, una parte esencial de Colombia que durante demasiado tiempo ha recibido menos Estado, menos inversión y menos oportunidades de las que le corresponden.
Esta vez, la reconstrucción no debería consistir en volver al punto donde estábamos. Debería consistir en avanzar.


1 Comment
Liliana Mercadal 19 Ago 2026
Muy buen artículo que explica la situación del Departamento de Chocó, más allá de la tragedia