EL BALÓN DERROTA, AUNQUE SEA POR NOVENTA MINUTOS, AL RUIDO DE LA GUERRA

 

Hay épocas en las que el mundo parece empeñado en demostrar que las diferencias solo pueden resolverse mediante la confrontación. Las noticias diarias hablan de conflictos armados, amenazas nucleares, tensiones diplomáticas, discursos de odio, crisis migratorias, polarización política y democracias sometidas a una creciente presión. Las redes sociales amplifican la indignación permanente, mientras los gobiernos parecen atrapados entre la lógica de la confrontación y la incapacidad de construir consensos. Y, sin embargo, en medio de ese panorama sombrío, aparece el fútbol.

 

Puede parecer una contradicción. Un deporte convertido en refugio emocional frente a problemas de una dimensión infinitamente mayor. Pero precisamente ahí radica su poder. Durante noventa minutos el mundo recuerda que todavía existen escenarios donde la competencia no termina en destrucción, donde el adversario merece respeto y donde la victoria no exige la desaparición del otro.

 

Hoy Colombia vive uno de esos momentos. Cada presentación de la Selección despierta una ilusión colectiva que trasciende los resultados. En ciudades grandes y pequeñas, millones de personas detienen sus actividades para compartir una misma emoción. Familias divididas por diferencias políticas vuelven a sentarse frente al mismo televisor. Desconocidos se abrazan después de un gol. Los barrios recuperan por unas horas la alegría que muchas veces les arrebatan la inseguridad, el desempleo o la incertidumbre económica.

 

El fútbol enseñarnos  algo que la política ha olvidado: construir un lenguaje común. Mientras el debate público insiste en clasificar a las personas entre izquierda y derecha, gobierno y oposición, vencedores y enemigos, el deporte recuerda que existen identidades capaces de unir sin exigir uniformidad. Nadie pregunta por la ideología del compañero de celebración cuando el balón entra en la portería.

 

Ese fenómeno no ocurre únicamente en Colombia. El Mundial que hoy concentra la atención del planeta ha demostrado nuevamente que el fútbol sigue siendo uno de los pocos escenarios capaces de movilizar simultáneamente a miles de millones de personas alrededor de una misma conversación. En un tiempo en el que las plataformas digitales fragmentan las audiencias y los algoritmos alimentan burbujas ideológicas, el balón sigue convocando a la humanidad alrededor de una pasión compartida.

 

Mientras las fronteras se endurecen para las personas, los goles cruzan el planeta en cuestión de segundos despertando exactamente la misma emoción en Bogotá, Buenos Aires, Tokio, Casablanca o Madrid.

 

El fútbol no elimina las guerras. Pero recuerda algo profundamente humano: todavía somos capaces de emocionarnos por razones distintas al miedo.

 

Colombia necesita precisamente esa clase de recordatorios.

 

Durante décadas el país convivió con la violencia política, el narcotráfico, el conflicto armado y una polarización que parece resistirse a desaparecer. Hoy, cuando el debate público vuelve a tensarse y las diferencias ideológicas amenazan con convertirse nuevamente en barreras insalvables, el deporte ofrece una lección silenciosa.

 

Quizás, la mayor enseñanza que el fútbol puede ofrecerle a la política es dejar de lado el protagonismo individual. Es necesario trabajar en  equipos, que aunque están conformados por personas distintas, alcanzan el éxito cuando entienden que el protagonismo individual vale menos que el objetivo colectivo.

 

En una cancha existen reglas aceptadas por todos. Hay árbitros cuya autoridad debe respetarse, incluso cuando sus decisiones generan inconformidad. Hay derrotas que se aceptan con dignidad y victorias que se celebran sin destruir al adversario. Existe competencia, pero también reconocimiento mutuo.

 

La democracia debería parecerse más a un partido de fútbol que a un campo de batalla.

 

Quizá por eso el deporte conmueve tanto. Porque representa, en pequeña escala, la sociedad que muchos quisieran construir: una donde sea posible competir intensamente sin renunciar a la convivencia.

 

Las guerras seguirán exigiendo soluciones diplomáticas. La pobreza continuará demandando políticas públicas. La corrupción necesitará instituciones fuertes y ciudadanos vigilantes. Los desafíos del cambio climático no desaparecerán con un campeonato.

 

Pero los pueblos también necesitan esperanza. Y pocas expresiones culturales producen tanta esperanza compartida como el fútbol.

 

El fútbol no cambia el mundo. Lo que cambia, aunque sea por noventa minutos, es nuestra manera de mirarlo.

 

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