Santa Marta vuelve a abrir sus puertas a una nueva temporada turística con la expectativa de recibir más de 185.000 visitantes. Distintos sectores económicos esperan que la afluencia de viajeros dinamice una economía que depende del turismo como su principal motor. Pero, una vez más, la ciudad llega a su temporada de mayor exposición nacional e internacional sin haber resuelto los problemas más elementales para garantizar una experiencia digna tanto a quienes la visitan como a quienes la habitan. Este año, la situación resulta aún más preocupante. Mientras la administración distrital promociona a Santa Marta como uno de los principales destinos turísticos del país, los visitantes se encontrarán con una advertencia que ninguna campaña de promoción hubiera querido escuchar. El propio secretario de Salud Distrital, Jorge Lastra, afirmó en una entrevista concedida a La FM que no recomienda consumir agua directamente del grifo: «Yo no le aconsejo a ninguno que tome agua del grifo. Las aguas deben ser tratadas o compradas». Ninguna estrategia de mercadeo puede competir con una declaración de esa naturaleza proveniente de la máxima autoridad sanitaria del Distrito.
Estas declaraciones contrastan con la reacción inicial de la administración distrital al intentar disminuir el impacto de la noticia de denuncias de contaminación, presentándose como quienes la habían detectado oportunamente y hacer parecer que esta se trataba de un episodio aislado, circunscrito a un barrio de la periferia de la ciudad. Si bien es importante que las autoridades activen mecanismos de vigilancia y comuniquen los riesgos a la población, el debate no puede reducirse a quién descubrió el problema ni a delimitar geográficamente la emergencia. Lo inquietante es que una situación de esta naturaleza haya ocurrido en una red de agua que debe garantizar condiciones de potabilidad, y que el episodio termine alimentando la percepción de fragilidad de un sistema de acueducto que desde hace años acumula deficiencias en cobertura, continuidad y calidad.
Por otra parte, aumenta el número de turistas, mientras el abastecimiento de agua potable es insuficiente para una ciudad que supera el medio millón de habitantes y que durante estas semanas incrementará significativamente su población flotante.
Asimismo, el sistema de alcantarillado continúa evidenciando un deterioro que ya hace parte de la cotidianidad. Reboses de aguas residuales, malos olores y vertimientos en distintos sectores de la ciudad siguen siendo episodios frecuentes. A ello se suma un manejo deficiente de los residuos sólidos, con puntos críticos de acumulación de basuras que deterioran el espacio público y afectan la imagen urbana.
Y, fiel a una costumbre que parece institucionalizada, las principales obras de infraestructura vuelven a ejecutarse precisamente durante la temporada de mayor flujo vehicular. En lugar de planificar las intervenciones para minimizar el impacto sobre la movilidad, la ciudad enfrenta nuevamente cierres viales, desvíos improvisados, interminables trancones y pérdidas económicas para comerciantes, transportadores y ciudadanos.
Resulta inevitable preguntarse si alguien, desde la administración distrital, pensó alguna vez que la planificación también consiste en escoger el momento adecuado para ejecutar las obras. Pero, sobre todo, en ejercer una supervisión rigurosa sobre los contratistas para garantizar el cumplimiento de los cronogramas de ejecución, exigir la implementación efectiva de planes de manejo de tránsito y adoptar todas las medidas necesarias para mitigar el impacto sobre la movilidad urbana.
Mientras la ciudad enfrenta este panorama, varios de los colaboradores más cercanos del alcalde Carlos Pinedo Cuello han decidido abandonar sus cargos para lanzarse a la arena electoral. Renuncias han estado acompañadas de ceremonias, reconocimientos y discursos que intentan presentar su paso por la administración como una gestión exitosa. Esto explica porque tan poca ejecución. Estos funcionarios se concentraron en ser políticos antes que ejecutores.
Esos exfuncionarios quienes hoy aspiran a representar a los samarios en corporaciones públicas deberán responder también por el gobierno del cual hicieron parte. No podrán desligarse de una administración cuyos resultados son evaluados todos los días por los ciudadanos que padecen la falta de agua, los problemas de movilidad, el deterioro ambiental y la precariedad de los servicios públicos.
En lugar de asumir estos desafíos con autocrítica y liderazgo, la administración distrital ha preferido instalarse, durante buena parte de su mandato, en el cómodo ejercicio de gobernar con el espejo retrovisor.
Llegarán más de 185.000 turistas buscando disfrutar la magia de Santa Marta, mientras miles de samarios seguirán preguntándose cuándo llegará el agua a sus viviendas, si esa agua será realmente apta para el consumo humano, cuánto tiempo permanecerán atrapados en un trancón provocado por obras mal programadas o cuándo dejarán de convivir con basuras acumuladas y aguas residuales en las calles.
Cuando concluya la temporada, seguramente volveremos a escuchar balances oficiales que hablarán de ocupación hotelera, número de visitantes y movimiento económico. Sin embargo, el verdadero balance seguirá cubierto por la propaganda oficial: el de una ciudad que continúa aplazando la solución de sus problemas estructurales mientras algunos de sus protagonistas ya hacen campaña para ocupar nuevos cargos públicos.
Por mucha “magia” que tenga, la ciudad no podrá consolidarse como un destino turístico sin una gestión pública que impacte la calidad de vida de su población.

