Hay lugares que hablan a gritos y otros que solo conversan con quienes saben guardar silencio, el mar de Santa Marta pertenece a los segundos, desde la orilla parece un inmenso espejo azul donde el sol ensaya cada tarde su mejor despedida, los niños juegan, las lanchas dibujan estelas blancas y el viento acaricia la superficie como si quisiera peinarla.
Pero esa es apenas la portada del libro, la historia verdadera comienza cuando alguien decide pasar la página y sumergirse, las profundidades tienen la curiosa costumbre de desvestir a las personas, no de ropa, sino de certezas.
Allá abajo los títulos dejan de importar, los relojes pierden autoridad y el teléfono celular se convierte en un objeto tan inútil como un paraguas en el desierto, el único lujo permitido es una respiración bien administrada.
La apnea, más que un deporte, parece un pacto antiguo entre el hombre y el océano, un acuerdo silencioso donde uno promete entrar sin hacer ruido y el otro, si lo considera digno, abre por unos minutos la puerta de su casa, el mar no recibe visitantes, recibe invitados y no invita a cualquiera, solo a quienes entienden que las profundidades no son un escenario para conquistar, sino un templo para contemplar.
Mientras la humanidad insiste en mirar hacia el cielo buscando otros mundos, debajo de las olas existe un universo que todavía guarda más preguntas que respuestas, bosques de coral que parecen ciudades dormidas, peces que escriben poemas colectivos con cada cambio de dirección, rayos de luz que descienden como columnas de una catedral líquida, tortugas que navegan con la serenidad de quien conoce el secreto del tiempo.
Quizá por eso la apnea tiene algo de filosofía, obliga a entender que la fuerza sirve de poco cuando la ansiedad pesa más que el agua, quien lucha contra el mar pierde, quien aprende a flotar con él descubre que el océano no es un enemigo, sino un maestro extraordinariamente paciente, cada inmersión es una conversación sin palabras, el corazón habla más despacio.
Y el silencio, ese viejo desconocido al que tanto evitamos en la superficie, termina convirtiéndose en el mejor compañero de viaje, resulta paradójico que haya que contener la respiración para aprender a respirar la vida.
Tal vez por eso quienes practican apnea regresan distintos, no porque hayan descendido veinte o treinta metros, sino porque durante unos minutos lograron escapar del ruido permanente con el que vivimos convencidos de que somos importantes.
El mar suele encargarse de corregir esa ilusión, nos recuerda que somos apenas una exhalación en la historia del planeta, que las montañas de la Sierra Nevada observan el horizonte desde mucho antes de que existieran nuestras ciudades, que los corales llevan siglos construyendo pacientemente aquello que un descuido humano puede destruir en cuestión de segundos.
Y que el océano no necesita del hombre para seguir siendo inmenso, es el hombre quien necesita del océano para recordar lo pequeño que es.
Santa Marta posee esa rara fortuna de vivir entre dos gigantes: una montaña que toca las nubes y un mar que acaricia el infinito, uno invita a mirar hacia arriba, el otro enseña el valor de mirar hacia abajo.
Quizá por eso esta ciudad nunca termina de conocerse, porque su mayor riqueza no siempre está en los paisajes que aparecen en las postales, sino en los mundos invisibles que esperan bajo la superficie, dicen que el silencio incomoda, el mar demuestra lo contrario, el silencio también puede abrazar, puede enseñar, puede sanar.
Y en las profundidades de Santa Marta habla un idioma que no necesita palabras para ser entendido, basta una respiración profunda, un salto al agua y la humildad suficiente para aceptar que, a veces, las mejores respuestas no están en la superficie de la vida, sino en aquello que se atreve a permanecer oculto.


2 Comments
Aldo Vanleenden 8 Jul 2026
Excelente
Elizabeth R 14 Jul 2026
Hermosa descripcion de la ciudad, de la apnea y del privilegio de vivir en Santa Marta.
Gracias