MAGDALENA: TRABAJAR NO DEBERÍA SER UN PRIVILEGIO

 

En el Magdalena, trabajar dejó de ser algo obvio y empezó a sentirse como un privilegio.

 

Y no porque la gente no quiera hacerlo. Todo lo contrario. Aquí hay miles de personas que se levantan temprano, que buscan, que intentan, que se reinventan. Pero entre intentar y lograrlo hay una distancia que cada vez se hace más larga.

 

La llaman informalidad.

 

Pero en realidad es incertidumbre.

 

Mototaxismo, ventas en la calle, rebusque diario. Formas dignas de sobrevivir, sí, pero insuficientes para construir futuro. Porque una cosa es ganarse el día… y otra muy distinta es construir una vida.

 

Ese es el punto que no estamos resolviendo.

 

En Santa Marta y en el resto del departamento, hay jóvenes que estudian, se preparan, se gradúan… y al final terminan aceptando cualquier cosa, no por falta de ambición, sino por falta de opciones. El mérito dejó de ser garantía. Y cuando eso pasa, algo se rompe silenciosamente en la confianza colectiva.

 

Porque una sociedad donde esforzarse no asegura avanzar, empieza a acostumbrarse a lo mínimo.

 

Y ese es el verdadero riesgo.

 

El Magdalena tiene todo para generar empleo digno: turismo, campo, ubicación estratégica, talento humano. Pero seguimos atrapados en una lógica donde el trabajo no se planifica, se improvisa. Donde las oportunidades no se construyen, se esperan.

 

Y esperar, en economía, casi siempre sale caro.

 

No se trata solo de atraer inversión. Se trata de entender qué tipo de empleo estamos creando. Si es estable, si es formal, si permite crecer. Porque un departamento no se mide por cuántas personas trabajan, sino por cuántas pueden vivir bien de lo que hacen.

 

Aquí hay una conversación que debemos dar sin miedo:

 

no todo empleo resuelve desarrollo.

 

Y no todo crecimiento es progreso.

 

Necesitamos una visión que conecte educación con empleo, empresa con territorio, talento con oportunidades reales. Que entienda que el joven no quiere subsidios eternos; quiere una oportunidad justa. Que la madre cabeza de hogar no necesita discursos; necesita estabilidad. Que el emprendedor no pide aplausos; pide condiciones.

 

Trabajar no puede seguir siendo una carrera de obstáculos.

 

Tiene que volver a ser lo que siempre debió ser: una vía digna para avanzar.

 

Y eso exige algo más que buenas intenciones. Exige decisiones. Exige coherencia. Exige entender que el empleo no es una cifra para mostrar, es una realidad para sostener.

 

El Magdalena no necesita que le expliquen el problema. Lo vive todos los días.

Lo que necesita es empezar a resolverlo con seriedad.

 

Porque cuando trabajar se vuelve un privilegio, el desarrollo deja de ser una posibilidad.

 

Y esta tierra, si algo merece, es que el esfuerzo de su gente sí valga la pena.

 

Aquí nadie le tiene miedo al trabajo, le tenemos miedo a que no alcance.

 

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