¿VOTO OBLIGATORIO?: ENTRE LA ILUSIÓN DE LA PARTICIPACIÓN PLENA Y LA REALIDAD DEL DESENCANTO CIUDADANO

Por: BRIANA CAMARGO CANTILLO

abg.brianacamargo@gmail.com

 

Entre el deber y el desencanto: ¿debería Colombia obligar a votar?

 

El debate sobre la obligatoriedad del voto vuelve a tomar fuerza en Colombia. Cada cierto tiempo reaparece la idea de que, si todos los ciudadanos estuvieran obligados a votar, la democracia sería más sólida: habría menos distorsiones, mayor representatividad y decisiones más legítimas. Al fin y al cabo, así funciona en países como Bélgica, Australia o Perú, donde el sufragio es tanto un derecho como un deber cívico. Para muchos, obligar a votar podría ser una manera de reactivar la participación en un país marcado por la apatía, el desencanto con las instituciones y una polarización que se libra diariamente en redes sociales, donde los políticos en ocasiones parecen discutir más que gobernar.

 

Las cifras recientes muestran por qué esta discusión genera tantas expectativas. En las elecciones presidenciales de 2018, cuando estaban habilitados 36,2 millones de colombianos, votaron alrededor de 19,6 millones: apenas un 53–54 % del censo electoral. Antes de eso, la abstención era aún más pronunciada: 54 % en 2002, 55,3 % en 2006, 56,1 % en 2010 y 52,6 % en 2014. Esa tendencia parece confirmar que una buena parte del electorado colombiano simplemente no vota. Y que, veinte años después, seguimos atrapados en cifras que rara vez superan la mitad del censo electoral. Desde esa perspectiva, el voto obligatorio se presenta como una respuesta razonable: si la participación es baja de manera crónica, ¿por qué no exigirla?

 

Sin embargo, las elecciones de 2022 introdujeron un matiz interesante. En esa ocasión la participación alcanzó el 58,17 %, la cifra más alta desde 1998. Es decir: sin voto obligatorio se logró un incremento notable en la afluencia a las urnas. Buena parte de ese aumento estuvo asociado a un fenómeno que documentó la Misión de Observación Electoral (MOE): el candidato ganador logró movilizar a sectores tradicionalmente abstencionistas y atraer a votantes jóvenes, periféricos o desencantados que, en ciclos anteriores, habían permanecido al margen. No se trató de un cambio estructural en las reglas del juego, sino de un cambio en el clima político y emocional del país. Y aunque el efecto no garantiza que vuelva a repetirse, sí muestra que la participación puede subir por razones distintas a la obligatoriedad.

 

Es aquí donde vale la pena detenerse. ¿Es la abstención, por sí misma, un problema democrático? El investigador José Fernando Flórez Ruiz advierte que asumirlo así es, en muchos casos, una “petición de principio”. Votar no es un acto natural ni automático: implica costos concretos de tiempo, desplazamiento, información y esfuerzo. No todos pueden, quieren o están dispuestos a asumir esos costos, especialmente en sociedades donde la vida cotidiana ya está cargada de dificultades materiales. Desde esa perspectiva, abstenerse puede ser un gesto legítimo de libertad, una decisión consciente basada en la desconfianza o en la percepción de que la oferta política no representa cambios reales.

 

Además, forzar la participación no garantiza mejores resultados. Los estudios muestran que el voto obligatorio sí aumenta la participación, pero puede producir decisiones menos informadas. En otras palabras: incrementa el número de votantes, pero no necesariamente la calidad del voto. Un ciudadano que acude a las urnas solo para evitar una sanción puede votar sin convicción, sin información o incluso en blanco, lo que podría transformar la democracia en una especie de ritual obligatorio más que en un ejercicio deliberado de ciudadanía.

 

El contexto actual agrava estas tensiones. Las redes sociales se han convertido en el principal escenario de batalla política, donde los insultos, la desinformación y las peleas entre líderes públicos generan un agotamiento profundo. Para muchos ciudadanos, participar en política incluso votar se ha vuelto emocionalmente desgastante. La sensación de que el debate público se degradó a un intercambio infantil, ruidoso y poco propositivo alimenta la idea de que votar “no sirve para nada”. En ese ambiente, la obligatoriedad podría sentirse como una carga injusta: obligar a participar en un juego que muchos consideran desgastado, polarizado o desconectado de sus realidades.

 

Ante este panorama, la pregunta quizás no sea simplemente si el voto debe ser obligatorio o no. La cuestión de fondo es qué tipo de democracia queremos construir. Una democracia donde el deber cívico se impone por norma, buscando participación numérica a toda costa; o una democracia donde la participación sea libre, informada, digna, incluso si eso implica que una parte de la ciudadanía decida abstenerse. En un país como Colombia, con historia de desconfianza, desigualdad y polarización, la respuesta no es evidente. Pero el debate es urgente. Obligar a votar puede aumentar las cifras, sí; pero solo una transformación más profunda (institucional, política y cultural) puede lograr que los ciudadanos quieran votar, no porque sea una obligación, sino porque lo consideran significativo.

 

Y ahora, la palabra es suya: ¿qué prefiere Colombia? Una democracia más numerosa o una democracia más consciente. Los invitamos a compartir sus respuestas y puntos de vista a favor o en contra con respeto y apertura. En este debate, todas las voces son bienvenidas.

 

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1 Comment

  • Liliana Mercadal 5 Dic 2025

    Totalmente de acuerdo.

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