QUEDARSE TAMBIÉN DEBERÍA SER UN SUEÑO

 

En el Magdalena hay una conversación que casi siempre se da en voz baja:

 

“¿Te vas o te quedas?”

 

No es una pregunta simple. Es una decisión que pesa.

 

Aquí, muchos jóvenes crecen con una idea instalada desde temprano: que para avanzar hay que irse. Que las oportunidades están en otra parte. Que el futuro, casi siempre, tiene otra ciudad como destino.

 

Y así, poco a poco, el talento empieza a salir.

 

No porque no amen su tierra.

 

Sino porque no encuentra cómo construir su vida en ella.

 

Ese es el punto que deberíamos empezar a mirar con más seriedad.

 

El problema no es que la gente quiera irse.

 

El problema es que no encuentre razones para quedarse.

 

En Santa Marta y en el resto del departamento hay jóvenes preparados, con ideas, con ganas de hacer las cosas bien. Pero entre lo que saben hacer y las oportunidades que encuentran hay una distancia que termina empujándolos hacia afuera.

 

Y eso, aunque se normalice, tiene un costo alto.

 

Cada joven que se va es una posibilidad que se pierde.

 

Cada talento que no regresa es un proyecto que no se construye.

 

Cada sueño que se cumple lejos es una deuda que queda en el territorio.

 

El Magdalena no está perdiendo gente.

 

Está perdiendo futuro.

 

Y no porque no tenga con qué retenerlo. Tiene ubicación, cultura, potencial productivo, identidad. Tiene todo para ser un lugar donde se pueda vivir bien.

 

Lo que no ha logrado es convertir ese potencial en oportunidades reales.

 

Quedarse no debería ser un acto de valentía.

 

Debería ser una opción viable.

 

Pero hoy, para muchos, quedarse implica arriesgar estabilidad, crecimiento y proyección. Y cuando el arraigo compite con la incertidumbre, la decisión casi siempre es predecible.

 

Ahí es donde el desarrollo deja de ser un discurso y se convierte en una tarea urgente.

 

Porque no se trata solo de generar empleo, ni solo de mejorar la educación. Se trata de construir un entorno donde ambas cosas se conecten y le den sentido a una vida en el territorio.

 

Un lugar donde el joven no tenga que elegir entre su futuro y su tierra.

 

Donde emprender no sea una apuesta solitaria.

 

Donde trabajar sí permita avanzar.

 

Donde quedarse no se sienta como quedarse atrás.

 

El Magdalena necesita empezar a competir por su gente.

 

No con promesas, sino con condiciones.

 

No con discursos, sino con resultados.

 

Porque una tierra que no retiene su talento, termina dependiendo del esfuerzo de otros. Y una tierra que no apuesta por su gente, difícilmente construye futuro.

 

Quedarse también debería ser un sueño.

 

Uno posible. Uno digno. Uno real.

 

Y cuando eso ocurra, cuando nuestros jóvenes no tengan que irse para sentirse realizados, el Magdalena no solo va a cambiar…

 

va a empezar a crecer de verdad.

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