Hay preguntas que parecen sencillas hasta que uno empieza a mirar todo lo que hay detrás.
Esta es una de ellas:
¿Quién debe recoger la basura de Santa Marta?
La respuesta inmediata parecería obvia: quien tenga la responsabilidad de prestar el servicio.
Pero la verdadera pregunta es otra:
¿Qué modelo de aseo necesita la ciudad que queremos construir?
Santa Marta está entrando en un momento que merece mucha más atención de la que hasta ahora ha recibido.
La concesión que actualmente opera ATESA tiene fecha de terminación el 11 de marzo de 2027. El contrato, que viene desde 1993 y fue cedido a ATESA en 2022, se encuentra en su recta final. El Concejo Distrital ya tomó una decisión relevante: no habrá una extensión automática después de esa fecha.
Es decir, Santa Marta tiene por delante una conversación que no debería comenzar cuando falten unas semanas para que termine el contrato.
Debería comenzar ahora.
Porque aquí no estamos hablando simplemente de una empresa.
Estamos hablando de uno de los servicios públicos que más rápidamente afecta la vida cotidiana de una ciudad.
La basura no espera.
No entiende de temporadas electorales, de administraciones nuevas ni de debates políticos.
Se produce todos los días.
En las casas.
En los restaurantes.
En los hoteles.
En los barrios.
En las playas.
En las calles.
Y una ciudad turística como Santa Marta tiene, además, una responsabilidad adicional: lo que para un residente puede ser una molestia cotidiana, para quien nos visita puede convertirse en la primera impresión que se lleva de nuestro territorio.
Pero tampoco sería justo reducir la discusión a decir que todo está mal.
La propia ESSMAR reporta que mantiene supervisión permanente sobre el servicio y que actualmente cuenta con seguimiento 24/7, mientras que durante 2025 realizó requerimientos al operador por presuntos incumplimientos y exigió acciones de mejora.
Ese dato es importante porque nos obliga a tener una conversación seria.
No se trata de buscar culpables para una fotografía.
Se trata de preguntarnos qué aprendimos durante más de tres décadas de este modelo de prestación del servicio.
¿Qué funcionó?
¿Qué no funcionó?
¿Qué debe cambiar?
¿Qué debería mantenerse?
Y, sobre todo, ¿qué quiere Santa Marta para los próximos veinte años?
Porque sería un error discutir el futuro del aseo pensando únicamente en quién recoge las bolsas de basura.
Tenemos que pensar en algo mucho más grande.
¿Cómo queremos manejar nuestros residuos?
Una ciudad que crece necesita mucho más que camiones recolectores.
Necesita mejores sistemas de aprovechamiento.
Más reciclaje.
Educación ciudadana.
Contenedores adecuados.
Rutas eficientes.
Control institucional.
Disposición final responsable.
Y una política pública que entienda que los residuos también son parte de la planeación urbana.
Santa Marta no puede seguir pensando en la basura solamente cuando aparece acumulada en una esquina.
Tenemos que pensar en ella desde el momento en que la producimos hasta el momento en que termina su ciclo.
Y aquí aparece una oportunidad.
El vencimiento de una concesión no debería verse únicamente como el final de un contrato.
También puede ser el comienzo de una conversación sobre el modelo de ciudad.
Podemos discutir si debe existir un nuevo operador.
Podemos discutir si debe haber mayor competencia.
Podemos discutir qué condiciones deben exigirse.
Podemos discutir cómo fortalecer la supervisión.
Podemos discutir qué papel debe tener ESSMAR.
Pero hay algo que no deberíamos permitir: que la decisión se tome a puerta cerrada y que los ciudadanos simplemente conozcamos el resultado cuando ya esté decidido.
La ciudadanía tiene derecho a preguntar.
¿Quién prestará el servicio?
¿Durante cuánto tiempo?
¿Con qué indicadores?
¿Con qué obligaciones?
¿Quién vigilará?
¿Qué pasará con el reciclaje?
¿Qué haremos con los puntos críticos?
¿Qué garantías tendremos durante las temporadas de lluvia y de mayor afluencia turística?
Y una pregunta todavía más importante:
¿Cómo vamos a medir si el próximo modelo realmente funciona?
Porque también debemos hacer nuestra parte.
No existe operador capaz de mantener limpia una ciudad si sus habitantes arrojan residuos donde no corresponde.
La responsabilidad es compartida.
El ciudadano debe cumplir.
El operador debe prestar un servicio eficiente.
Y las instituciones deben vigilar y exigir.
Así funciona una ciudad madura.
Por eso no me interesa convertir esta discusión en una defensa o un ataque contra una empresa.
Me interesa algo mucho más importante: que Santa Marta no desperdicie la oportunidad de pensar seriamente su futuro.
Marzo de 2027 no debería encontrarnos preguntando qué vamos a hacer.
Debería encontrarnos con una respuesta construida, discutida y conocida por los samarios.
Porque una ciudad no demuestra que está avanzando solamente cuando construye una gran obra.
También lo demuestra cuando es capaz de resolver aquello que todos los días afecta la vida de su gente.
Y quizás esta sea la pregunta que deberíamos empezar a hacernos desde ahora:
¿Queremos simplemente recoger mejor nuestra basura o queremos convertir la gestión de nuestros residuos en parte del proyecto de ciudad que Santa Marta necesita?
Yo prefiero la segunda.
Porque la basura puede parecer el final de algo.
Pero bien gestionada, también puede ser el comienzo de una ciudad más organizada, más limpia, más sostenible y mucho más consciente de lo que quiere ser.
Santa Marta tiene una oportunidad.
No la desperdiciemos.
“Las ciudades que piensan en grande no esperan a que llegue el problema para buscar una solución; se adelantan a él y convierten cada desafío en una oportunidad para construir futuro.”
NOTA; DEJO UNA PREGUNTA A CONSIDERACION.
En marzo de 2027 termina la actual concesión del servicio de aseo de Santa Marta. La pregunta no debería ser solamente quién recogerá nuestra basura después de esa fecha. La pregunta es: ¿qué modelo de ciudad queremos construir?
Los leo.

