SANTA MARTA, 501 AÑOS: LA CIUDAD QUE AÚN NOS DEBEMOS

 

Cada 29 de julio, Santa Marta celebra un nuevo aniversario de su fundación. Son 501 años de historia de la ciudad más antigua de Colombia, un patrimonio que debería ser motivo de orgullo para todos los samarios. Pocas ciudades del continente pueden exhibir una riqueza natural, histórica y cultural semejante. Esta conmemoración llega acompañada por una sensación imposible de ignorar: la celebración convive con un profundo sentimiento de insatisfacción ciudadana. En cada aniversario reaparece un debate que ya parece inevitable. Una parte de la ciudadanía cuestiona la magnitud de los festejos y los recursos públicos destinados a conciertos, actos protocolarios y celebraciones, argumentando que esos dineros podrían destinarse a atender necesidades urgentes de una ciudad que aún no garantiza servicios básicos de calidad. Ese planteamiento merece ser escuchado y forma parte de un legítimo ejercicio de control ciudadano. El malestar colectivo no debería enfocarse en el costo de las festividades, pues  esto sería quedarse en la superficie del problema.

 

Durante décadas Santa Marta ha crecido en medio de una planificación deficiente que ha soportado la suma  de habitantes, turistas, hoteles, edificios y expansión urbana, sobre la base de una  infraestructura que permanece estancada. La crisis del agua potable dejó hace mucho tiempo de ser una emergencia pasajera para convertirse en el símbolo más evidente del fracaso institucional. Miles de familias continúan dependiendo de carrotanques, pozos o almacenamiento doméstico para acceder a un servicio que debería estar garantizado.

 

El sistema de alcantarillado tampoco responde a las necesidades de una ciudad que crece aceleradamente, conviviendo  con los rebosamientos y los vertimientos afectan el ambiente y deterioran la imagen del principal destino turístico del Caribe colombiano.

 

La prestación del servicio de aseo refleja dificultades similares. A ello se suma la ocupación desordenada del espacio público, el crecimiento de la informalidad, la expansión de asentamientos sin planificación y una movilidad cada vez más compleja. Ninguno de estos problemas apareció de un día para otro. Todos son consecuencia de falta de planeación y de una gestión pública que durante décadas ha reaccionado a las crisis en lugar de anticiparse a ellas.

 

Debemos preguntarnos por qué la ciudad sigue atrapada en este círculo vicioso. Se cuestionan los resultados de cada gobierno, se denuncian las mismas deficiencias, se expresan las mismas inconformidades y, llegado el momento de decidir el rumbo político de la ciudad, terminan prevaleciendo las mismas estructuras de poder, las mismas alianzas y, en muchos casos, los mismos protagonistas que, está comprobado, que no van a solucionar nada .

 

Pero la responsabilidad no solo corresponde a los gobiernos. Durante muchos años, importantes sectores gremiales, empresariales, medios de comunicación y gran parte de la dirigencia social optaron por una actitud pasiva frente al deterioro de la ciudad. Con bastante frecuencia prevalecieron los intereses particulares sobre la construcción de un proyecto colectivo. Mientras algunos celebraban el crecimiento económico asociado al turismo o a la construcción, pocos levantaban la voz para advertir que ese crecimiento avanzaba sin una infraestructura capaz de soportarlo y que comprometía el futuro social y económico de la ciudad.

 

La ciudad comenzó a tocar fondo y los samarios por apatía o falta de alternativas sólidas han aceptado como inevitable la repetición de un modelo de gobierno que no ha producido las transformaciones que la ciudad reclama. Aceptamos vivir en una ciudad en la cual podemos  pasar varios días sin agua, caminar entre los rebosamientos del alcantarillado, abrirnos paso en un espacio público invadido y la sucesión de campañas políticas con las mismas promesas incumplidas.

 

Hemos llegado al colmo de elegir la resignación como opción electoral. Santa Marta elige a sus gobernantes con la resignación de que estos no van a cumplir sus promesas bien sea por incapacidad técnica o por sus intereses mezquinos. No debemos asombrarnos cuando la estructuración de proyectos estratégicos se encomienda a firmas sin la experiencia, ni la trayectoria ni el respaldo técnico necesarios para asumir retos de semejante magnitud.

 

Un ejemplo de ello es el Plan Maestro de Acueducto y Alcantarillado, concebido como el principal instrumento para definir la hoja de ruta que permita superar la histórica crisis del agua en Santa Marta. Entre sus objetivos se encuentra precisamente evaluar, desde una perspectiva técnica, las distintas alternativas de abastecimiento, incluida la eventual construcción de plantas desalinizadoras. Sin embargo, antes de que ese estudio concluya y entregue las recomendaciones que deberían orientar las decisiones públicas, el Ministerio de Vivienda, Ciudad y Territorio y la ESSMAR E.S.P. ya adelantan el proceso de convocatoria pública para la contratación de dos plantas desalinizadoras, una iniciativa cuya inversión ronda los $786.000 millones. Así ¿qué sentido tiene contratar un instrumento de planificación para que defina la mejor alternativa técnica si las decisiones de inversión parecen haberse tomado antes de conocer sus conclusiones?

 

Es oportuno resaltar que frente al proyecto de las desalinizadoras el presidente electo Abelardo de la Espriella lanzó una advertencia pública sobre los recursos destinados y la necesidad de revisar con rigor la estructura financiera y la viabilidad de las inversiones anunciadas.

 

Desde otra orilla, la ciudad necesita gremios que asuman un liderazgo comprometido con el interés general y no únicamente con sus sectores. Se necesita un nuevo tipo de candidatos que se conecten con las necesidades de la gente y sepan rodearse de equipos capaces de estructura proyectos sólidos, que superen filtros de viabilidad y se puedan gestionar con éxito los recursos que ofrecen la Nación y la cooperación internacional.

 

Pero también necesita ciudadanos más exigentes, menos indiferentes frente a las decisiones públicas y más conscientes de que el futuro de una ciudad no depende exclusivamente de quienes gobiernan, sino también de quienes los eligen, los vigilan y les exigen resultados. Después de cinco siglos de historia ya no basta con señalar responsables.

 

El mejor homenaje que Santa Marta puede hacerse a sí misma no está en los discursos oficiales, ni en los desfiles, ni en los conciertos. Está en la capacidad de romper el círculo de la resignación, abandonar la indiferencia y construir, entre todos, la ciudad que durante demasiado tiempo hemos postergado. Los medios de comunicación deberían jugar un papel más importante en este proceso.

 

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