La crisis del agua ya no puede explicarse únicamente por la falta de lluvias. Los datos oficiales muestran un sistema que pierde capacidad de producción mientras la ciudad sigue creciendo.
Todos los años ocurre lo mismo. Comienza la temporada seca, disminuyen los caudales de los ríos, aumentan los racionamientos y las autoridades anuncian planes de contingencia para enfrentar una nueva escasez de agua. La ciudad vuelve a depender de los carrotanques, los barrios padecen días enteros sin servicio y a los comunicados oficiales que prometen soluciones que nunca se cumplen. Lo preocupante es que esta situación dejó de ser excepcional. En Santa Marta la emergencia se convirtió en un estado permanente.
Durante años, el diagnóstico oficial se ha concentrado en la insuficiencia de nuevas fuentes de abastecimiento. Sin embargo, los documentos consultados permiten concluir que el problema es mucho más profundo. A la ausencia de proyectos estructurales y las deficiencias en la operación y el mantenimiento del sistema de acueducto, se suma una pérdida progresiva de capacidad de producción y un deterioro de la disponibilidad de los pozos que abastecen la ciudad.
Los datos expuestos durante la presentación de avances del Plan Maestro de Acueducto y Alcantarillado el pasado 3 de julio, muestran que la infraestructura instalada podría producir 1.760 litros por segundo, pero en promedio solo entrega 1.177 litros por segundo. Esto significa que cerca de 583 litros por segundo de capacidad permanecen sin aprovechar.

De acuerdo con la tabla anterior, la reducción más significativa se presenta en la batería de pozos. Aunque su capacidad instalada es de 445 litros por segundo, la producción promedio alcanza apenas 146 litros por segundo, equivalente a un aprovechamiento cercano al 33 %. Detrás de esa cifra confluyen, al menos, dos componentes fundamentales.
El primero corresponde a la operación y mantenimiento de los pozos. La disponibilidad de equipos de bombeo, el estado de las instalaciones electromecánicas, la rehabilitación oportuna, las labores de limpieza, la reposición de bombas y motores y la eficiencia operativa determinan la capacidad real de producción de cada pozo. Si estas actividades no se ejecutan de manera adecuada o con la periodicidad requerida, la producción disminuye y algunos pozos terminan saliendo de servicio.
El segundo componente está relacionado con la gestión del acuífero. La explotación sostenible del agua subterránea exige un monitoreo permanente de los niveles piezométricos, la capacidad de recarga, la calidad del agua, los caudales de extracción y los posibles riesgos de sobreexplotación o intrusión salina.
Cuando se analizan los registros de producción, según datos de la Subgerencia de Acueducto, muestran que la batería de pozos produjo aproximadamente 10,1 millones de metros cúbicos de agua en 2023. Un año después la producción descendió a 7,25 millones y en 2025 volvió a caer hasta 5,04 millones de metros cúbicos. En apenas dos años la producción de agua subterránea se redujo cerca del 50 %.

Como se observa en la tabla anterior, no se trata de una disminución marginal. Estamos frente a una de las principales fuentes de abastecimiento de la ciudad que produce hoy la mitad del agua que entregaba hace apenas dos años.
Los pozos profundos, considerados durante años un complemento de la solución para enfrentar la escasez muestran un panorama preocupante. En una respuesta a derecho de petición suministrada en 2025, la ESSMAR informó que dispone de 45 pozos profundos, pero únicamente 30 permanecían en operación, mientras 15 se encontraban fuera de servicio.
La empresa debe informar por qué ha explicado públicamente por qué esos pozos dejaron de operar, desde cuándo permanecen inactivos. ¿Se están agotando los acuíferos? ¿Existen problemas de calidad del agua? ¿Los pozos presentan fallas mecánicas? ¿Se requiere modernizar los equipos de bombeo? ¿Las concesiones ambientales limitan la extracción? ¿O la disminución responde a decisiones operativas adoptadas por la empresa? Cada una de estas hipótesis tiene implicaciones distintas para el futuro hídrico de Santa Marta.
El nuevo Plan Maestro de Acueducto y Alcantarillado tiene la responsabilidad de establecer el estado real de las fuentes superficiales y subterráneas, proponer soluciones técnicas para recuperar la capacidad de producción del sistema y definir una estrategia que devuelva la confiabilidad al servicio de acueducto y garantizar la seguridad hídrica de la ciudad en el largo plazo.
El futuro hídrico de la ciudad no solo depende de encontrar nuevas fuentes de agua. Depende también de comprender por qué las fuentes que ya existen producen cada vez menos. Mientras esa pregunta siga sin respuesta, la ciudad continuará atrapada en el ciclo repetitivo de la emergencia sin fin.
La gestión pública no puede seguir reducida a administrar crisis. La tarea de los gobiernos es evitar que la próxima vuelva a ocurrir. Esa es la diferencia entre gestionar una emergencia y construir una política pública. Y esa sigue siendo la deuda histórica de los gobernantes de Santa Marta con sus ciudadanos.

