SANTA MARTA NO QUIERE ACOSTUMBRARSE AL MIEDO

 

Hay gobiernos que comienzan rodeados de discursos, banderas, promesas y fotografías para la historia y hay otros que, además de todo ese ceremonial que suele acompañar el cambio de poder, reciben de millones de colombianos una petición bastante menos épica, pero mucho más urgente y es que los dejen vivir tranquilos.

 

No están pidiendo que desaparezcan los problemas, ni que el país se convierta de la noche a la mañana en Suiza; apenas aspiran a algo tan extraordinario como poder salir de la casa, regresar completos y dormir sin tener que revisar tres veces que la puerta esté cerrada.

 

Con la llegada del nuevo gobierno, la seguridad vuelve a ocupar uno de los primeros lugares en la conversación nacional y no es para menos, en Santa Marta la definición de seguridad tiene una particularidad.

 

Para algunos significa que no los atraquen al salir del trabajo; para otros, que no les roben la moto, para el comerciante significa poder cerrar el negocio sin recibir una llamada amenazante, para una familia significa que los hijos puedan regresar de estudiar sin que los padres tengan que activar el radar de angustia cada diez minutos.

 

Y para muchos Samarios significa algo todavía más elemental, poder caminar por la calle sin sentir que están participando en un reality de supervivencia, el nuevo gobierno llega con la obligación de recuperar la confianza, algo que no aparece fácilmente en los informes oficiales.

 

La seguridad no solamente se mide contando homicidios, hurtos o capturas, también se mide en esas pequeñas decisiones que toma la gente cuando siente miedo, el Samario que guarda el celular antes de doblar una esquina, el que deja de sacar plata del cajero después de 8 pm., el que prefiere pagar un transporte más caro porque considera peligrosa la ruta, el comerciante que pone una reja cada vez más grande y varias cámaras de seguridad, el padre que llama tres veces al hijo que salió hace veinte minutos, y por supuesto, el clásico Colombiano: “Avísame cuando llegues”.

 

Ese mensaje aparentemente inocente, se ha convertido en una especie de certificado nacional de ansiedad, el reto no es solamente capturar delincuentes, el nuevo gobierno tendrá que demostrar que la seguridad no será simplemente un capítulo más de los discursos presidenciales.

 

Los Samarios quieren resultados, quiere ver policías en los barrios, pero también quiere que esos policías tengan herramientas, quiere jueces que puedan actuar, cárceles que no sean universidades del crimen, fiscales con capacidad de investigación y autoridades locales que no estén solas enfrentando estructuras criminales cada vez más sofisticadas.

 

Porque de poco sirve capturar a un delincuente un lunes si el miércoles está nuevamente en la esquina y es ahí donde aparece la impunidad, uno de los mayores problemas, cuando un ciudadano ve que alguien roba, es capturado y rápidamente vuelve a las calles, la conclusión es inmediata: “Aquí no pasa nada”.

 

Y cuando esa frase se instala en la sociedad, el delincuente gana confianza y el ciudadano pierde tranquilidad, la seguridad también tiene que sentirse, el nuevo gobierno tendrá que entender que la seguridad tiene una dimensión psicológica, una ciudad puede presentar mejores indicadores mientras sus habitantes siguen sintiéndose inseguros.

 

Es una paradoja que conocen bien muchas ciudades colombianas, una cosa es lo que dicen las cifras y otra lo que dice la señora que va caminando con el bolso abrazado al pecho, una cosa es el informe oficial y otra el comerciante que baja la reja antes de tiempo, una cosa es el discurso y otra el ciudadano que cambia de acera cuando ve un grupo de motociclistas acercándose.

 

El país quiere autoridad, pero también resultados, probablemente uno de los mayores desafíos del nuevo gobierno será recuperar el equilibrio entre autoridad, prevención y presencia institucional, Santa Marta necesita una Fuerza Pública respaldada, capacitada y con capacidad de actuar dentro de la ley.

 

Pero también necesita inteligencia, investigación criminal, justicia eficiente, inversión social y recuperación de territorios, la seguridad no se construye solamente con patrullas, también se construye con parques iluminados, calles transitables, colegios funcionando, oportunidades para los jóvenes y barrios donde el Estado no aparezca únicamente cuando ocurre una tragedia.

 

Al final, el éxito de la nueva política de seguridad no se medirá solamente en una presentación presidencial ni en una rueda de prensa, se medirá en la calle, en el barrio, en el comercio, en el transporte, en la conversación de la gente.

 

El día en que un padre deje de llamar cinco veces a su hijo para saber si ya llegó, algo habrá cambiado, el día en que una mujer pueda caminar sola sin sentir que debe acelerar el paso, algo habrá cambiado, el día en que un comerciante pueda cerrar su negocio sin mirar tres veces hacia la esquina, algo habrá cambiado.

 

Y el día en que los colombianos vuelvan a sentarse afuera de sus casas por la noche a conversar como alguna vez fue costumbre en tantos barrios quizás podremos decir que la seguridad dejó de ser solamente una promesa y comenzó a convertirse en una realidad y es que después de tantos años, el país no está pidiendo vivir en un paraíso, está pidiendo algo mucho más modesto, salir, trabajar, regresar a casa y dormir tranquilo.

 

 

 

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