En las calles de Santa Marta la escena se repite todos los días, un contenedor de basura lleno, bolsas desbordadas sobre el pavimento, comerciantes molestos por los malos olores y habitantes de calle revisando desperdicios en busca de comida, cartón, plástico o cualquier elemento que pueda convertirse en unas monedas para sobrevivir. Lo que para algunos es simplemente desorden, para otros es la diferencia entre comer o no comer ese día.
Recientemente, una situación ocurrida en el centro de la ciudad volvió a encender el debate ciudadano, un comerciante en la carrera quinta con calle 16 enfrentó airadamente a un indigente que sacaba residuos de unas bolsas de basura, el hecho generó opiniones divididas, algunos respaldaron al comerciante argumentando que los habitantes de calle riegan la basura y deterioran la imagen de la ciudad, otros defendieron al indigente señalando que nadie revisa basura por gusto, sino por necesidad extrema.
La escena más allá del enfrentamiento, refleja un problema mucho más profundo: la crisis social y ambiental que vive la ciudad.
El crecimiento urbano de Santa Marta ha sido acelerado durante los últimos años, más habitantes, más turismo, más comercio y más construcción significan también una enorme generación de residuos sólidos. Sin embargo, la cultura ciudadana y la capacidad institucional parecen no haber crecido al mismo ritmo.
En muchos sectores es común observar bolsas depositadas fuera del horario de recolección, residuos abandonados en esquinas, desechos comerciales mal manejados y contenedores completamente saturados. Cuando esto ocurre, cualquier persona que busque materiales reciclables termina rompiendo bolsas y dejando residuos dispersos, agravando aún más el problema visual y sanitario.
Pero culpar únicamente a quienes buscan en la basura sería simplificar una situación compleja, detrás de cada indigente que abre una bolsa de basura existe una historia de exclusión social. Muchos habitantes de calle sobreviven gracias al reciclaje informal. Botellas plásticas, aluminio, cartón y cobre representan ingresos mínimos con los que compran comida o sustancias psicoactivas, dependiendo de cada caso.
Algunos incluso buscan alimentos desechados por restaurantes y supermercados. La imagen es dura, incómoda y dolorosa, pero real.
La pregunta entonces no debería ser únicamente por qué sacan basura de los contenedores, sino por qué una ciudad turística y estratégica sigue teniendo ciudadanos obligados a vivir de los residuos.
El problema no es solo de limpieza pública. También es un problema de pobreza, desempleo, salud mental, drogadicción y abandono estatal.
Sin embargo, la molestia de muchos comerciantes tampoco puede ignorarse, quienes trabajan diariamente en el centro histórico aseguran que deben limpiar constantemente los alrededores de sus negocios después de que algunos habitantes de calle dejan desperdicios regados. Esto afecta la imagen del comercio, genera malos olores y ahuyenta clientes.
En una ciudad que vive en gran parte del turismo, la percepción urbana importa, un visitante nacional o extranjero que encuentra calles sucias y contenedores desbordados difícilmente se llevará una buena impresión.
Por eso, el enojo del comerciante que enfrentó al indigente no nace solamente de la intolerancia, también refleja el cansancio de muchos ciudadanos que sienten que la ciudad perdió el control sobre el manejo del espacio público.
El problema aparece cuando la frustración termina convirtiéndose en agresividad o deshumanización, perseguir a los habitantes de calle no resolverá la crisis de basuras, pero ignorar el impacto que algunos generan sobre el espacio público tampoco ayudará a mejorar la ciudad.
Santa Marta necesita soluciones integrales, algunas de ellas podrían incluir: programas de reciclaje formal que vinculen a recicladores e indigentes en procesos organizados, mayor frecuencia de recolección de residuos en zonas críticas, contenedores cerrados o con sistemas más seguros, atención social y psicológica para habitantes de calle, campañas fuertes de cultura ciudadana, sanciones a quienes arrojan basura irresponsablemente, programas de empleo temporal y rehabilitación.
Muchas ciudades del mundo han entendido que el problema de las basuras no se combate únicamente con escobas y camiones recolectores, también requiere inversión social.
La basura siempre termina mostrando el verdadero estado de una sociedad, cuando una ciudad tiene contenedores rebosados, recicladores informales peleando por residuos y ciudadanos enfrentándose en plena calle, el problema ya no es solamente ambiental, es humano.
El episodio entre el comerciante y el indigente en el centro de Santa Marta debe servir como una oportunidad para reflexionar sobre el tipo de ciudad que se quiere construir, una ciudad limpia no es solo aquella donde se recoge la basura, es también aquella donde menos personas necesitan buscar su sustento dentro de ella.

