UN PRESIDENTE COSTEÑO QUE PERDIÓ EN LA COSTA: LA IRONÍA POLÍTICA DE COLOMBIA

 

Colombia acaba de dejar una de esas postales políticas que solo este país sabe producir: eligió a un presidente costeño, pero no le entregó la victoria en la Costa Caribe con la contundencia que muchos daban por descontada. Dicho de otra manera, un hombre que construyó parte de su identidad pública sobre su origen, su acento, su estilo y su relato de provincia terminó llegando a la Casa de Nariño sin que su propia tierra lo abrazara como se suponía que debía hacerlo.

 

La escena no es menor. Es, en realidad, una radiografía brutal del momento político que vive Colombia, porque si algo quedó claro en estas elecciones es que el origen ya no alcanza, la cuna ya no garantiza, y el regionalismo, por sí solo, no gana una presidencia ni asegura fidelidades automáticas. Colombia eligió a un costeño, sí, pero la Costa le recordó al país entero que el voto no se regala por acento ni se hereda por geografía.

 

Durante años se ha vendido la idea de que la región Caribe funciona como una especie de bloque sentimental, una reserva electoral donde basta con hablar “como costeño”, sonreír con sabor a plaza, mencionar la brisa, el mar y las raíces para despertar una adhesión natural. Esa caricatura simplista volvió a estrellarse con la realidad. La Costa no es un coro uniforme ni una finca electoral de una sola voz. La costa es una región llena de fracturas, intereses, maquinarias, orgullos heridos, necesidades urgentes y ciudadanos que hace rato dejaron de creer que un apellido o un origen resuelven por sí mismos el abandono histórico en que los han mantenido.

 

Y esa es quizás, la primera gran lección de este episodio: ser costeño no significa representar a la Costa, son dos cosas distintas, una pertenece a la biografía; la otra se gana con credibilidad, con propuestas, con conexión real con la gente y, sobre todo, con la capacidad de convencer a una región que lleva décadas viendo cómo la usan en campaña y la olvidan en el gobierno.

 

Porque no nos digamos mentiras: la Costa Caribe ha sido, durante demasiado tiempo, el gran escenario folclórico de la política nacional. Allí se llenan plazas, se hacen promesas, se toman fotos con sombrero vueltiao, se baila, se improvisa y se explota ese imaginario del Caribe alegre y leal, pero cuando pasa la euforia electoral, la región vuelve a encontrarse con los mismos huecos, el mismo abandono, la misma pobreza estructural, la misma falta de agua en muchos municipios, el mismo desempleo, la misma informalidad y el mismo centralismo que mira al Caribe como postal turística, no como prioridad de Estado.

 

Por eso el hecho de que un presidente costeño haya llegado al poder sin arrasar en la Costa tiene algo de justicia política y algo de advertencia, justicia, porque rompe con la idea perezosa de que una región debe votar por “uno de los suyos” solo por compartir procedencia, y advertencia, porque deja claro que la identidad regional ya no es un cheque en blanco. Hoy el elector también el costeño castiga, duda, se distancia y toma decisiones más complejas de lo que muchos consultores de campaña todavía quieren admitir.

 

La segunda lectura es todavía más incómoda, Colombia eligió a un costeño, pero no necesariamente eligió un proyecto costeño, y ahí está el verdadero problema, una cosa es que el presidente haya nacido o crecido en la región Caribe; otra muy distinta es que gobierne pensando en el Caribe real, en el que madruga con calor, sobrevive entre la precariedad de los servicios públicos, se desespera con la falta de oportunidades y ve cómo su riqueza cultural contrasta obscenamente con su pobreza institucional.

 

La Costa no necesita un presidente que simplemente “la represente” en el discurso, necesita uno que la entienda en la práctica, que sepa que el Caribe colombiano no es solo Barranquilla y sus vitrinas de progreso, sino también Santa Marta con su caos urbano y su rezago vial, La Guajira con sus deudas históricas, Cartagena con su vergonzosa desigualdad detrás de la muralla, y tantos municipios donde la promesa del desarrollo sigue siendo una frase de campaña repetida hasta el cansancio.

 

Aquí es donde la derrota o la debilidad electoral en la Costa se convierte en un mensaje más profundo, tal vez la región le dijo al país y al propio presidente electo que ya no está dispuesta a conformarse con la emoción del “por fin uno de los nuestros”, tal vez, en el fondo, la Costa también se cansó de ser usada como identidad de vitrina mientras sus problemas de fondo siguen intactos, tal vez el Caribe entendió antes que nadie que no basta con que un costeño llegue al poder si ese triunfo no se traduce en agua, empleo, seguridad, infraestructura, educación y dignidad.

 

Lo ocurrido también desmonta otro mito, el de la supuesta unidad política del Caribe, no existe una sola Costa, ni un solo voto costeño, ni una sola manera de leer el país desde esta región. Hay varias costas dentro de la Costa, la de las grandes capitales y la de los pueblos olvidados, la del empresariado y la del rebusque, la de las élites tradicionales y la de la ciudadanía cansada de ellas, pensar que un candidato iba a recibir un respaldo automático por su origen era, en el fondo, seguir mirando al Caribe con una mezcla de paternalismo y simplificación.

 

Y, sin embargo la paradoja sigue siendo demoledora, Colombia eligió a un presidente costeño sin que la Costa fuera su principal aval, eso debería obligar a una reflexión seria, tanto en la política nacional como en la propia región, a la política nacional, para que entienda que el Caribe no es una escenografía electoral, y a la Costa, para que se pregunte por qué, incluso cuando uno de los suyos alcanza la cima del poder, sigue existiendo tanta distancia entre el símbolo y la confianza.

 

Al nuevo presidente le queda ahora la tarea más difícil, demostrar que su condición de costeño no fue un recurso narrativo, sino una convicción política con consecuencias de gobierno, porque si algo sería imperdonable después de esta elección, sería usar el orgullo regional para ganar votos en el país y luego administrar el poder como si la Costa fuera apenas una anécdota biográfica.

 

La historia le puso una prueba incómoda, llegar a la Presidencia sin haber conquistado plenamente la tierra que ayudó a construir su relato, y eso, lejos de ser un detalle menor, es un recordatorio feroz de cómo funciona hoy la democracia colombiana, el voto ya no se arrodilla ante el origen, exige resultados, desconfía de las etiquetas. Y, de vez en cuando, se da el lujo de escribir ironías tan perfectas como esta, un presidente costeño que llegó al poder mientras su propia Costa le negaba el aplauso unánime.

 

Eso no habla solo del presidente, habla, sobre todo, de un país que está votando con rabia, con cansancio, con cálculo y con memoria selectiva, y de una Costa que, por primera vez en mucho tiempo, parece haber entendido que el orgullo regional no puede seguir reemplazando a la verdadera representación.

 

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