Por: Veruzka Aarón Torregroza
veruzkaaaron.t@gmail.com
Se ha hecho viral en Santa Marta un episodio del pódcast de Carolina Sanín, en el que la reconocida escritora —y ahora productora de contenidos— relata su experiencia al visitar la Megabiblioteca de Santa Marta. Dicha obra, promovida en su momento como la “mega” apuesta de la administración de Carlos Caicedo (2012-2017), fue entregada una década después, durante el gobierno de Virna Johnson, tras significativos retrasos y sobrecostos: a la Fase I, se le hicieron 9 adiciones por cerca de $6.547 millones más 3 suspensiones y 8 prórrogas. A la fase II le fueron adicionados $3.493 millones. Hoy, lejos de ser un polo cultural, la Megabiblioteca es un monumento a la desidia y a la falta de amor por Santa Marta. Sanín la describe como un edificio en “ruina”, donde incluso las plantas de plástico que la adornan parecen marchitas. En su monologo Sanín compara el abandono que como sociedad hemos permitido de la Megabiblioteca con la letra de la popular canción de “Coroncoro se murió tu madre…déjala morir”. Para Sanín “los colombianos no solamente matamos [… ] dejamos morir con pasión.
En su monólogo no hay un solo desacierto. Sanín expresa con claridad lo que significa para cualquier ciudad que un espacio cultural de esta importancia se encuentre en condiciones tan lamentables. Pero la vergüenza de esta “mega-ruina” no debe recaer únicamente en una administración que —como la actual— permanece paralizada en la queja contra sus antecesores sin mostrar avances propios. También debe interpelar a una sociedad que tolera esta decadencia y que, en cierto modo, encuentra en esta obra una representación de sí misma: una ciudad pretenciosa e inconsciente de su propio deterioro.
Sin proponérselo, Carolina Sanín también retrató algo que han tenido en común los últimos gobiernos, sin distingo político: la manipulación de la información pública. En vez de dedicar esfuerzos serios a planificar soluciones para los problemas estructurales de la ciudad, han preferido “perfumar bollos”. Mientras las calles siguen inundadas de aguas residuales y basuras, el tránsito desbordado ocupa cada espacio público y la inseguridad cobra vidas, cientos de millones de pesos terminan en manos de la prensa local para “cubrir” a página completa los minúsculos logros que cada administración decide inflar. Santa Marta se acostumbró a la simulación: obras inauguradas sin funcionar, anuncios sin resultados, discursos que sustituyen la gestión y un relato oficial que intenta tapar con propaganda lo que la realidad grita a simple vista.
Se pregunta Sanín: “¿Cuánta gente se necesita para un desastre así?” Se necesita mucha. Mucha gente estratégicamente ubicada en posiciones de poder dentro de nuestras instituciones de gobierno, y también en los organismos de control político, fiscal, disciplinario y en el sistema de justicia. Y se necesita, además, mucha gente indiferente en una sociedad pretenciosa, que se jacta de su “prestancia” en una ciudad incapaz de exigir siquiera el mínimo respeto por lo público. Es como si la sociedad samaria se hubiera confabulado en un “concierto” para dejar morir no solo a la Megabiblioteca sino a la ciudad, y que esta, en toda su extensión se desvanezca.
Pero desde el punto de vista de la administración pública, no se sabe quiénes han actuado peor, si quienes se confabularon para hacer de esta una obra mal planificada desde su génesis o aquellos que ante el deber de recatarla y mejorarla, la han dejado en un impresentable abandono.
La crítica de Sanín no es, entonces, un ataque ni una exageración: es una voz que da cuenta de cómo nos ven desde afuera, de cómo somos un doloroso hazmerreir para el mundo mientras pretendemos ser una ciudad “moderna”, “turística” y “de progreso” . Pero además nos dice que lo que hoy nosotros mismos debemos ver en esa “mega-ruina” es también lo que nos hemos permitido ser como sociedad. Y mientras sigamos normalizando que lo público sea administrado con mala intención, protegido con silencio y maquillado con publicidad, el desastre seguirá necesitando cada vez menos gente para sostenerse: pues el desgreño de lo público será parte de nuestra “identidad”.
Santa Marta no está condenada a esta decadencia, pero sí está obligada a mirarla de frente. Y a decidir, de una vez por todas, si quiere seguir siendo la ciudad que celebra con apasionamiento el “cambio” en apariencia, o la que empieza —por fin— a exigirlo de manera estructural.
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2 Comments
Liliana Mercadal 5 Dic 2025
Muy buen artículo!
Enelmargen 7 Dic 2025
EN GENERAL/de subrayar:
Departamento del magdalena/Santa Marta,
– “hoy por hoy no ha tenido solución veraz de sus grandes problemáticas, lo que han intentado siempre es trasladar el problema más nunca solucionarlo.”
– «… obras [sin fundamento] inauguradas, sin funcionar, anuncios sin resultados, discursos que sustituyen la gestión y un relato oficial que intenta tapar con [abundante/y costosa] propaganda lo que la realidad…»
– «…. una sociedad que tolera esta [tal situación/disparates]… y que, en cierto modo, encuentra en esta obra una representación de sí misma… inconsciente de su propio deterioro.»
… ¿Lástima, lo que somos: de verdad, que otra cosa «querer», posibilitar y, en suma, «tener como… ‘gobernantes’…»