UNA MIRADA DESDE LEJOS A LA POLÍTICA COLOMBIANA

 

 

Hace algunos años dejé Colombia. Desde la distancia uno descubre algo curioso: la geografía se aleja, pero las preocupaciones permanecen. Quizás por eso sigo observando la política colombiana con interés y, sobre todo, con una creciente preocupación.

 

No es una preocupación exclusiva de Colombia. La degradación del debate público parece ser una tendencia internacional. Sin embargo, duele especialmente verla en un país que, después de décadas de violencia, parecía tener la oportunidad de construir una ciudadanía más madura. Paradójicamente, ocurre en una época en la que las nuevas generaciones tienen mayor acceso a la educación, a la información y a la tecnología que cualquier generación anterior.

 

Uno esperaría que una sociedad más educada desarrollara una mayor capacidad para analizar el pasado, comprender el presente y proyectar el futuro. Sin embargo, pareciera suceder lo contrario. La política se ha transformado en un espectáculo donde el aplauso importa más que el argumento, donde las redes sociales reemplazan la reflexión y donde la identidad política pesa más que la evidencia.

 

Lo más preocupante no es que existan diferencias ideológicas. Estas son normales e incluso necesarias en una democracia. El problema aparece cuando la discusión deja de centrarse en resolver problemas concretos y pasa a girar alrededor de liderazgos carismáticos que necesitan mantener vivo el conflicto para conservar su relevancia.

 

Desde esa perspectiva, resulta interesante la clasificación propuesta por Gustavo Bueno cuando hablaba de las izquierdas y derechas extravagantes. Más allá de compartir o no su teoría, ofrece una herramienta útil para observar un fenómeno contemporáneo: corrientes políticas que parecen vivir de la confrontación permanente más que de la administración eficaz del Estado.

 

La reciente transición política colombiana deja precisamente esa sensación. Muchos ciudadanos parecieran haber pasado de depositar sus esperanzas en un liderazgo que prometía transformar el país desde la izquierda a hacerlo ahora en otro que promete hacerlo desde la derecha. Cambian los discursos, cambian los protagonistas y cambian los símbolos, pero permanece una constante: la política continúa organizada alrededor de la polarización.

 

Quizás por eso no deja de venir a mi mente Rebelión en la granja. No porque los personajes de hoy sean equivalentes a los de la novela, sino porque Orwell comprendió algo profundamente humano: cuando la política se convierte en una lucha entre bandos irreconciliables, el poder termina ocupando el lugar que antes tenían las ideas. Se reemplazan unos líderes por otros, mientras los problemas estructurales permanecen prácticamente intactos.

 

Colombia necesita menos héroes y menos salvadores. Necesita instituciones fuertes, ciudadanos capaces de cuestionar incluso a quienes apoyan y dirigentes que comprendan que gobernar exige mucho más que movilizar emociones. Ningún país construye prosperidad únicamente con discursos.

 

Observar Colombia desde lejos también tiene una ventaja: permite recordar que los países no cambian cada cuatro años ni gracias a una sola persona. Cambian cuando la sociedad desarrolla memoria, pensamiento crítico y la capacidad de exigir resultados antes que relatos. Tal vez esa sea la discusión que aún tenemos pendiente.

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