CUANDO LA TIERRA TIEMBLA, NO DEBERÍA TEMBLAR LA DECENCIA

 

Hay tragedias que interrumpen la rutina de un país y hay otras que lo obligan a mirarse al espejo y reconocerse. El terremoto que sacudió a Colombia este 10 de agosto no es solo una emergencia sísmica: es una prueba moral para nuestra sociedad. Mientras las cifras de víctimas, heridos y damnificados continúan actualizándose y los organismos de socorro trabajan contra el reloj, el país se pone a prueba frente al tipo de sociedad que somos al decidir si cuando el dolor deja de ser ajeno y se vuelve nacional?

 

En momentos así, la tentación de convertir la tragedia en un escenario de confrontación política resulta no solo inoportuna, sino mezquina. La tierra no entiende de ideologías al momento de abrirse. Los escombros no distinguen entre gobiernos, partidos, regiones o credos. El sufrimiento de familiares que buscan a sus desaparecidos, de un médico que atiende sin descanso o de un rescatista que arriesga su vida no puede ser utilizado como combustible para agendas oportunistas.

 

Una democracia sana necesita control, vigilancia y crítica. Nadie está proponiendo suspender el debate público ni renunciar a la exigencia ciudadana. El escrutinio de las decisiones oficiales seguirá siendo necesario hoy, mañana y durante la reconstrucción. Pero una cosa es ejercer control y otra muy distinta utilizar el dolor colectivo como excusa para lanzar ataques camuflados de fiscalización. La diferencia entre ambas conductas es, en el fondo, una diferencia de ética.

 

Las grandes naciones no se reconocen únicamente en sus momentos de prosperidad, sino en la manera cómo reaccionan ante la adversidad. Después de cada desastre, emerge lo mejor y lo peor de una sociedad. Aparecen la solidaridad espontánea, los vecinos que ayudan, los jóvenes que cargan víveres, los voluntarios que donan sangre, los empresarios que abren sus puertas, las comunidades que comparten lo poco que tienen. Pero también aparecen la desinformación, el cálculo político, la búsqueda de protagonismo y la tentación de convertir cada error, real o supuesto, en un espectáculo inmediato.

 

Colombia necesita decidir qué impulso quiere alimentar. Más allá del gobierno de turno; lo que corresponde hoy es respaldar la capacidad del Estado y de la sociedad para responder unidos. Eso implica apoyar al Gobierno nacional, a las gobernaciones, a las alcaldías, a la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, a las Fuerzas Militares, a la Policía, a los organismos de socorro, al personal de salud y a cada servidor público que está en la primera línea de la emergencia. La legitimidad del control ciudadano no desaparece, pero debe ejercerse con responsabilidad, con datos y con sentido de país.

 

La generosidad cívica debe ser la brújula en estas circunstancias. Significa ser capaces de hacer una pausa en la disputa permanente para reconocer que existen causas superiores a la contienda electoral. Significa entender que la reconstrucción material será imposible si antes destruimos la confianza mínima que permite cooperar.

 

También es tiempo de reivindicar la sobriedad. En la era de las redes sociales, donde cada tragedia compite por atención, el país necesita menos estridencia y más serenidad. Menos interés por los “likes”  y más información verificada. Menos indignación de poses y más ayuda concreta. El heroísmo de estas horas no está en el comentario más viral, sino en el mensaje que tranquiliza.

 

Eventos naturales, como los terremotos, revelan vulnerabilidades físicas, pero también vulnerabilidades morales. Un país fracturado por el resentimiento termina reaccionando de manera fragmentada incluso ante el desastre. Por eso es importante apelar al sentido de comunidad para convertir la tragedia en un momento de encuentro.

 

No sabemos cuántas réplicas traerá este sismo ni qué otras emergencias puedan suceder en el futuro inmediato. Pero, sí sabemos qué réplicas no deberíamos provocar nosotros: las del odio, la manipulación y el oportunismo.

 

Un país polarizado enfrenta las crisis de manera más costosa y más lenta. La desconfianza dificulta la coordinación entre instituciones; las decisiones técnicas son interpretadas como maniobras políticas; la información verificada compite con rumores y propaganda; y la ciudadanía termina agotada antes de que llegue la etapa más difícil: la reconstrucción.

 

Cuando la tierra tiembla, lo mínimo que se espera de una nación es que no tiemble su decencia. Colombia necesita hoy menos banderas partidistas y más valores compartidos: solidaridad, respeto, responsabilidad, verdad, empatía y grandeza. No se trata de ocultar errores, sino enfrentarlos juntos. No es silenciar la crítica, es dignificarla. Sin negar nuestras diferencias, hay que recordar que, antes que adversarios políticos, seguimos siendo compatriotas.

 

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1 Comment

  • enelmargen 12 Ago 2026

    ¿»Corrupción… tragedias… la rutina de un país… que lo obligan a mirarse al espejo y reconocerse…», => o en consecuencia, desarrollar la Capacidad/y el Pider de Poner en Cuestión/Crítica/Superar la estupidez/Control/Vigilancia… Permanentes- lo propio de Ser Humano.

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